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El resultado de las elecciones suecas ofrece una interesante pista de las tendencias políticas y económicas de Europa en un momento marcado por la crisis, la búsqueda de nuevos referentes ideológicos y los grandes movimientos migratorios.
Porque estos tres factores han sido determinantes en los comicios suecos y, por extensión, ya lo están siendo en todo el Viejo Continente.
Las legislativas han constatado el fracaso histórico de la antaño mitificada socialdemocracia sueca, el valor en alza de la derecha para hacer frente a los retos económicos de la crisis y en tercer lugar la llegada de una ultraderecha emergente. Faro ideológico de la izquierda moderada, el modelo sueco fue en la posguerra el referente del Estado del bienestar, con éxitos como el pleno empleo y la estabilidad de precios. Pero eso terminó a finales de siglo, cuando aumentó el intervencionismo estatal (la mayoría de la población adulta de Suecia acabó siendo empleada del Gobierno) y la subida de impuestos sofocó la actividad económica. Los socialdemócratas siguen sin levantar cabeza: en estas legislativas han cosechado el peor resultado desde 1914.
Pero la tercera vía no sólo ha fracasado en el país nórdico. Toda la izquierda retrocede en buena parte de Europa, mientras la derecha se impone (el último gran relevo ha sido el del laborista Brown por el conservador Cameron) o se mantiene en el poder, como la Alianza de Centro-Derecha de Reinfedlt en la propia Suecia. No parece casual que este giro coincida con el recrudecimiento de la crisis. Algunos de los tics más característicos de la izquierda, como la subida de impuestos o el gasto público desbocado, se han revelado contraproducentes cuando ha sido preciso estimular la economía por la vía de la iniciativa privada frenando el intervencionismo estatal. Resulta sintomático que tres de los países que están en el furgón de cola (España, Portugal y Grecia) estén gobernados por socialistas.
El vacío ideológico puede explicar también el ascenso de la extrema derecha, tanto en Suecia, con los Demócratas de Suecia del ultra Jimmie Aakesson, que irrumpe en el Parlamento con 20 escaños, como en otros países de la UE. Dinamarca, Bélgica, Holanda o Hungría son algunos ejemplos recientes. Sin duda van a ser determinantes en la política europea, dado su carácter bisagra. El perfume xenófobo y radical de alguno de esos partidos tiene perfiles inquietantes y las consecuencias de su mayor peso en ejecutivos y parlamentos pueden ser negativas. Pero, al mismo tiempo, sus posturas frente al fenómeno de la inmigración o a la negativa de los musulmanes a integrarse en una sociedad democrática debería obligar a los demás partidos y a los Gobiernos a definir sus políticas.
Los acontecimientos demuestran que esos fenómenos han pillado a la UE con el pie cambiado. Tal vez exagere Aakesson al decir que “el islam es la amenaza más grande desde la Segunda Guerra Mundial”. Al menos sirve para plantear uno de los más formidables retos que tiene la Europa de los 40 millones de musulmanes, de las amenazas de Al Qaeda y del multiculturalismo. Una Europa en crisis de identidad, que precisa de respuestas racionales que equilibren la apuesta por la convivencia, con la defensa irrenunciable de algunos de sus principios medulares, como la libertad de expresión, los derechos de las mujeres y la separación de Iglesia y Estado.
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