Nada tengo que decir de los multimillonarios sueldos de las estrellas del tenis, del golf o de la fórmula 1. Lo que gane Nadal o Alonso es una cuestión que afecta directamente a quien lo cobra y a quien lo paga. Otra cosa es la incalificable (o perfectamente calificable) situación en la que navega ese espectáculo llamado fútbol. Aquí las directivas “disparan con pólvora del rey”… quiero decir de los súbditos del rey, usted y yo (seamos o no aficionados).
El fútbol-negocio es una peculiarísima actividad que genera un volumen de dinero descomunal (en los clubes punteros)… pero que no tiene ninguna relación con la lógica productividad, rendimiento de la inversión o incluso prudencia mínima. Es más que evidente que quien construye un hotel, invierte en una actividad industrial, establece unos parámetros de resultados de forma que se produzca un balance, el menos discretamente positivo entre lo que se gasta y lo que se espera recibir. Es el balance.
Pero en el fútbol no. En y con el fútbol se genera una afección totémica-clánica que convierte esta actividad en un fenómeno social de primera magnitud. No hay alcalde ni gobernante que le ponga proa a los desmanes y disparates de los grandes clubes. El Real Madrid ha invertido (o despilfarrado) en los últimos siete años casi 800 millones.
Suma que es IM-PO-SI-BLE pueda recuperarse ni siquiera si ganara (que no gana) la mayor parte de las competiciones. Pero, como el maná de Yahvé sobre el pueblo de Israel, aparecen alcaldes recalificadores que convierten, como Rey Midas, el plomo en oro. Y aquellos terrenos que eran zona deportiva se reconvierten en urbanizables.
Plusvalías que sirven para “tapar el culo” a las vergüenzas y desvergüenzas de tanto directivo irresponsable... o astuto. Y una pregunta tan cándida como evidente: ¿por qué objetiva y subjetivamente están tan unidos (no en matrimonio sino en concubinato) el negocio del fútbol y el negocio del ladrillo?
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