
Carlos Dávila
Si no hubiera sido porque el martes por la noche un grupo de forajidos etarras asesinaron al oeste de París a un policía francés, todas las ediciones de LA GACETA del miércoles, y no sólo la primera, hubieran aparecido en su primera plana con este titular: “
El Gobierno respalda la plataforma que cerrará el acuerdo con ETA
”. Debajo insertábamos en esa primera edición dos sumarios: “Batasuna y EA (Eusko Alkartasuna) escenificarán su alianza el próximo Aberri Eguna" y: “El Ejecutivo espera que así se facilite el diálogo con Otegui y los “posibilistas”. La información, redactada por nuestro especialista Alberto Lardiés, añadía este párrafo: “Se trata del movimiento Independetistak, que agrupa a miembros de Batasuna y Eusko Alkartasuna. El Partido Socialista de Euskadi espera que dicho colectivo se desmarque de la violencia y, a su vez, allane el camino a las conversaciones con el sector de ETA que defiende un proyecto democrático.
La “segunda vuelta”
Esta era una nueva aportación, y muy importante, a la serie de trabajos que, desde las pasadas Navidades, venimos publicando. En uno de ellos, y en esta misma sección, yo mismo firmaba un artículo titulado: “ETA y libertad religiosa”. El encabezamiento en principio podía resaltar por su dupla un tanto surrealista: ¿qué puede relacionar una banda terrorista con un proyecto legislativo? Fácilmente, decía entonces: el Gobierno. Visto que tiene perdida la recuperación económica, intenta salvar la legislatura en dos frentes: el primero, el de todos los ciudadanos que desde hace 50 años soñamos con el fin del espanto etarra; el segundo, más reducido, el de la izquierda más procaz y más cercana al radicalismo de Zapatero, que se quedaría extraordinariamente satisfecha si éste le atizara otro arreo a todo lo relacionado con la espiritualidad, y más concretamente, con la Religión Católica. Y en ello está. Poco a poco vamos conociendo pormenores sustanciosos de lo que el ex ministro Jaime Mayor Oreja denomina con gran justeza: “La segunda vuelta de la negociación con ETA”. Por no cansarles: desde hace meses se suceden los tópicos “contactos” entre los pocos dirigentes batasunos que están fuera de las cárceles, singularmente Rufi Etxeberría y el partido que fundó tras la escisión del PNV, Carlos Garaicoechea. A mayor abundamiento, han comenzado, bien que más tarde, otras nuevas vistas entre los susodichos batasunos, los sucesores de Garaicoechea, y miembros reputados del PSOE, sobre todo el mueverrabos de siempre, Jesús Eguiguren, y un cuñado suyo, singularmente zafío y enredador, de cuyo apellido no quiero acordarme. Las negociaciones, que de eso exactamente se trata, han avanzado tanto que ya podemos asegurar dos cosas: que batasunos y EA están a punto de aparecer juntitos en el próximo día de la patria vasca (Domingo de Resurrección), y que desde Madrid Zapatero y Rubalcaba contemplan con agrado los movimientos de sus correligionarios en Elgoibar. Es decir, que al menos “dejan hacer”. Batasuna pretende presentarse a las próximas elecciones municipales que se celebrarán en toda España en mayo de 2011, y cree que, de la mano de Eusko Alkartasuna, no habrá juzgado capaz (desde luego, no la Fiscalía General del Estado), de impedir candidaturas conjuntas, “listas blancas”, ¡fíjense!, como se llamaron en otros tiempos.
O bombas o votos Rubalcaba, como de costumbre, hace piruetas dialécticas para no aclarar, disimular mejor, si su Gobierno aceptaría una simple condena, matizada todo lo que se quiera, de la violencia por parte de Batasuna, para aceptar, en suma, que, de nuevo los terroristas disfrazados regresen a los ayuntamientos vascos y navarros. Ha dicho Rubalcaba: “O bombas, o votos”. Otra de sus frases que sin embargo es perfectamente ambigua. Batasuna, hay que recordarlo porque es de obligado cumplimiento, está definida por el Tribunal Supremo como una “organización terrorista”; es decir, no es que sea como ETA, ES QUE ES ETA. Por tanto, una simple y socorrida condena no puede, de ningún modo, bastar: o Batasuna (o sea, ETA) arroja las armas por ejemplo al Mar Cantábrico, entrega las pistolas y se aviene a vivir en paz, o seguirá siendo lo que es ahora mismo: una banda de asesinos. Lo dice el Supremo.
Pero el Gobierno tiene prisa por las razones antedichas: o se exhibe ante los españoles como el fautor del cierre de ETA, o no tendrá nada que hacer en las próximas elecciones. Y aún así, habría que verlo. Zapatero lo ensaya ahora de otra forma, pero lo está intentando con toda seguridad sabiendo que ETA puede ser su tabla de salvación. En el menester le van a ayudar esa pléyade de tópicos mediadores internacionales, la mayoría un atajo de golfos estafadores que cobran por cada servicio: si trabajan, se lo llevan, si no, a la calle. Y ellos quieren sacarnos el parné. Por fuera, o mejor dicho, por dentro, porque están en la cárcel, apoyan el “proceso” al menos el 50% de los presos de ETA, sobre todos los cuarentones, cincuentones y hasta sesentones, que, día a día, constatan que pueden pudrirse en el trullo sin esperanza alguna de volver a sus aldeas. Con estos también cuenta el Gobierno. Únicamente falta un pequeño-gran detalle: convencer a los chiquilicuatres enfurecidos de la actual ETA de que no tienen porvenir alguno en la banda, y que ya no pueden, como sus conmilitones de antaño, “hacer carrera” en ETA; esto se termina, y el porvenir es el mono de rayas. Estas fieras de zoológico son los sujetos que, por boca de su último representante en las negociaciones anteriores, Thierry, Francisco José López Peña, se negaron a suscribir un acuerdo definitivo con Zapatero. ¿Por qué? Se lo explicamos. Tanto en las sesiones de Oslo, sentados con ETA directamente, como en las de Loyola, en las que hasta participó el PNV, todo estuvo en algún momento, y según suelen decir algunos expertos de la Seguridad del Estado, “atado y bien atado”. Zapatero y sus cuates, el ex ministro Moscoso, el ex consejero del Gobierno Vasco, Eguía, Gómez Benitez, el padrino de Garzón, y casi siempre, claro está, el maltratador Eguiguren (sentenciado en firme por apalear a su señora), se bajaron los pantalones hasta aproximadamente el astrágalo, en todo lo que podían, con todo lo que pedían los bandidos. Pero al final surgió un inconveniente: ETA exigió la inmediata incorporación de Navarra al País Vasco. Y, “¡qué pena!”, se dijeron los negociadores de Zapatero, “eso no se lo podemos conceder; de acuerdo, a largo plazo sí, pero tenemos que convencer a otros. Acorto, no podemos”. Y los bandoleros se levantaron y Zapatero se quedó con las ganas. Había mentido hasta la arcada a los españoles: no había negociación, luego sí “pero nada de política de por medio”, “luego no cedemos”, pero estamos entregándolo todo… en fin: un bochorno. Zapatero se quedó con las ganas de aparecer firmando con los terroristas.
No más patrañas
Ahora hemos vuelto a las andadas y, ¡ojo!, volverán los mismos embelecos, idénticos disimulos, pero el escenario es el que contamos. De nuevo, a mayor abundamiento, Zapatero quiere engañar al Partido Popular. Antes dijo a los interlocutores de Rajoy: “Estamos escuchando a Otegui y todo irá bien”. O sea, que le grababan hasta la camiseta. Y ahora, ¿les está contando la verdad? ¿A qué no? Por tanto, cabe otra pregunta: ¿se está enterando el PP de la remozada negociación? Permítanme dudas muy razonables. En todo caso es de esperar que Rajoy, si alguna vez vuelve a entrevistarse con Zapatero (lo cual resulta incierto), transmita lo que debe ser un principio irrenunciable: nada de distinciones entre ETA, los malos, y Batasuna, los presuntos buenos. Todos son pistoleros (lo dijo el Supremo). Y hay que tratarlos como a tales. ¡Ah!, y ni una mentira más, que no está este país tan sufrido para otra patraña.
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