Ya no hace falta dominar al hombre por el terror: basta con la vulgaridad
Según la sabiduría del viejo Ronald Reagan, la frase más temible de la lengua era aquella que reza “soy del Gobierno y estoy aquí para ayudarle”. Por suerte para él, Reagan no llegó a vivir un tiempo en que los Gobiernos no sólo se empeñan en ayudarnos sino también en divertirnos. De pronto, uno se despierta a las ocho de la mañana de un domingo sobresaltado por un waka-waka que truena por la calle: llamaríamos a la Policía municipal, en el entendido de que se trata de algún exaltado sintiendo un rapto con la música del coche, pero en realidad es el ayuntamiento quien ha querido despertar a todo un vecindario a propósito de una paella solidaria o una gymkhana multicultural en bicicleta. Lo vemos casi cada día, esa pulsión de los Gobiernos por instruirnos y por entretenernos: son las alfombras color magenta en la calle de Serrano, son los millones de euros gastados en construir esculturas en rotondas que parecen un anticipo del Apocalipsis, son las excusas asistenciales que sirven de cobertura para un taller de iniciación al coito o un curso de locución radiofónica para peones de albañil. Tenemos ciudades con cien museos y diez mil bares, y hay municipios que se empeñan en pagar las noches en blanco. En fin, no todo terminó con un alcalde de Barcelona bailando samba en un pasacalles.
Lo peor es la aquiescencia al dirigismo cultural, la rareza de que alguien –por ejemplo– entre en un museo sólo porque es de noche. Los poderes públicos saben que al hombre contemporáneo ya no hace falta dominarlo por el terror: basta con la vulgaridad. El ocio se banaliza y se degrada: según Fumaroli, reducirlo todo a entretenimiento es una traición, pero es en eso en lo que estamos. Ya un sabio de tiempo atrás decía que la única palabra que van a dejarnos es el “no”. Es una afirmación de libertad frente a los Gobiernos que quieren entrar en nuestra casa, en nuestra educación, en nuestra diversión, en nuestra vida.
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