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    El hambre de Gallardón

    10 MAR 2010 | Antonio M. Beaumont

    Es como para pensar que el alcalde ha cambiado de repente de asesor político.

  • Fue Esaú quien vendió la primogenitura a su hermano menor por un plato de lentejas. “Más cornás da el hambre”, dijo Manuel García El Espartero antes de que un Miura le matase en Madrid. La frase probablemente más famosa de la historia del cine la pronunció Escarlata O’Hara, en Lo que el viento se llevó: “A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre”.

    El hambre siempre ha servido tanto para un roto como para un descosido. Los futbolistas tienen hambre de gol; los artistas, hambre de fama; los creyentes, hambre de Dios… ¿Y los políticos? Por supuesto, hambre de poder.

    A veces tanta, que acaban como las dos mil moscas de Samaniego del panal de rica miel que por golosas murieron presas de patas en él. Lagarto, lagarto, ¿qué andará buscando ahora Alberto Ruiz-Gallardón? No es gratuita la pregunta que ronda los cenáculos políticos, sobre todo populares.

    Porque el alcalde de Madrid no suele moverse al tuntún. Sus silencios son resonantes, y sus pronunciamientos públicos, sin aristas que puedan cortar. Así que, claro, verlo en la portada de LA GACETA del domingo declarar: “Tenemos que derogar la ley del aborto cuando lleguemos al Gobierno”, es como para pensar que Gallardón o ha cambiado de repente de asesor político o se ha caído del caballo en un camino a Damasco que no figuraba en su agenda oficial.

    Todo tiene un límite. ¡Debe tenerlo! Los votantes ya no son “famélica legión”, pese a que algunos políticos sigan cantando La Internacional. Y por mucho que en las encuestas Rosa Díez llame con fuerza a la puerta del ayuntamiento, colocando en dificultad la mayoría absoluta de Don Alberto, que tiene enfadada a la derecha clásica, no es posible creer que el verso suelto del PP pida árnica, por interés electoral, agitando un tema tan sensible como el aborto, del que siempre ha huido como el endiablado corre despavorido ante el agua bendita. Aunque, ya se sabe, “el hambre hace salir al lobo del bosque”.

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