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Murieron víctimas de sus propios excesos cayendo en los pozos sin fondo de la desesperanza.
Siguen apagándose dramáticamente los artistas más admirados del mundo musical. Son estrellas fugaces que dejan una estela de admiración, y se extinguen para caer en la negrura de un oscuro mundo. Cuando aún no nos habíamos quitado el luto por el funeral de Amy Winehouse, emborrachada de alcohol y drogas, Whitney Houston, el alma del soul y el gospel, acaba de entonar su último I Will Always Love You.
Murieron víctimas de sus propios excesos cayendo en los pozos sin fondo de la desesperanza o haciendo equilibrios, con el alcohol y las drogas, sobre la oscilante cuerda de la vida. Cuando les acosa la amenaza de un mundo sin paraísos de heroína, cuando la juventud se disuelve en la decadencia del cuerpo, es frecuente que los ídolos del momento aparezcan muertos en la soledad de sus mansiones o en anónimas habitaciones de hotel, sin más compañía que un tubo de pastillas, tras el cual cae el telón de su última actuación. Aún no hace tres años de que Michael Jackson, el artista de color incalificable, detuvo el ritmo sincopado de su corazón tras ingerir uno de sus habituales cócteles de sedantes pese a una vida envuelta en máscaras protectoras o burbujas de oxígeno reparador. Así desapareció Jimmy Hendrix, el guitarrista héroe del festival de Woodstock e ídolo del movimiento hippy que se durmió para siempre tras una borrachera de drogas. Así, hinchado de estimulantes, Elvis Presley agitó por última vez la pelvis en el váter de su mansión de Tennessee, para iniciar su inmortalidad. Lo mismo ocurrió con Sid Vicious, del provocador grupo Sex Pistols, disfrutando de la heroína hasta morir ahogado en ella. Y Jim Morrison quedó sedado para siempre en su bañera con la jeringuilla colgando de un brazo. Mucho antes, un lejano verano, Marilyn Monroe se durmió eternamente envuelta con los aromas de Chanel nº 5 y fenobarbital; Violeta Parra se pegó un tiro en una vacía carpa circense olvidando su inmortal Gracias a la vida y Judy Garland cantó su último Somewhere Under The Rainbow entre anfetaminas y alcohol.
Los artistas siempre mostraron una línea trasgresora enfrentada a la apacible tranquilidad de las sociedades burguesas. En épocas pasadas, admirados por su público o ignorados por él, morían devorados por la tisis, como Schiller, Bécquer, Schubert, Chopin, Modigliani o Kafka, o por fiebres fulminantes como pasó con Tschaikowsky, Rimbaud, Rilke o Mahler, invadidos por la sepsis y tratados con cataplasmas. Algunos decidían apartarse del mundo y matarse, como Mariano José de Larra, Van Gogh, Rothko o Hemingway, hundidos en las nubes grises de sus depresiones. Y muchos se ahogaron en alcohol como Allan Poe huyendo de sus terrores, como Toulouse Lautrec en sus noches de cabaret o como Edith Piaf, que nos cantaba Non, je ne regrette rien con voz de ginebra y soledad.
El sida mató a Rock Hudson, acabó con Freddy Mercury y su Bohemian Rhapsody, con Rudolf Nureyev, mientras otros esperan su turno. Y la velocidad por llegar rápido, no se sabe adónde, acabó con James Dean, aplastado en su descapotable en el desierto de Nevada; con Jackson Pollock, que esparció su sangre como un último dripping sobre el asfalto de una carretera. También, un atardecer, junto a Central Park, John Lennon cayó abatido por uno de sus fans, que le quiso eternamente muerto, mientras silbaba despreocupado su Lucy In The Sky With Diamonds, la canción dedicada al LSD.
Otros envejecen y se convierten en iconos de su arte. Aún nos quedan Bob Dylan, Charles Aznavour, Barbra Streisand, Tina Turner, Elton John, Joan Manuel Serrat, junto al recuerdo de un Frank Sinatra con smoking o con sombrero borsalino ladeado, y la nostalgia de aquellos Beatles de la década prodigiosa con sus sorprendentes disonantes acordes, del alegre estallido de ABBA, de un imposible dúo entre Louis Armstrong y Diana Ross, de María Callas con el metálico timbre de una voz inigualable o de Leonard Bernstein enseñando a los ángeles la coreografía de West Side Story.
¿Quién será el próximo juguete roto que apagará la estela de su brillo?
*Javier Domenech es médico y escritor.
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