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    Ilustración
    De domingo a domingo

    Los periodistas no somos recaderos

    28 AGO 2010 | Carlos Dávila

    Todos los miembros de la Redacción de LA GACETA que asistan a ruedas de Prensa preguntarán, como es su obligación, hasta a quienes no se dejen preguntar.

  • En La Gaceta lo veni­mos avisando durante toda la semana: nuestros periodistas preguntarán en las ruedas de Prensa aunque los protago­nistas de ellas no admitan preguntas. Y esto va para todos: igual para el PSOE, Zapatero y su Gobierno, que para el Partido Popular, que también ha come­tido la tropelía de confundir a los perio­distas con recaderos. Hace unos días, recogíamos la protes­ta de la eficaz presidenta de la Federa­ción de Asociaciones de la Prensa de España, Elsa González. La redactora de una cadena, antes obispal, ha cam­biado los hábitos de sus antecesores en el cargo, que nunca quisieron ni enfren­tarse con el poder ni defender a los cole­gas ante las agresiones de éste. Para lograr todavía hoy que la Asociación de la Prensa de Madrid, la más poderosa de España, se pronuncie en casos flagran­tes de ataque a medios y a sus intérpre­tes hay que vencer resistencias absolu­tamente impensables. Cuando la direc­tora adjunta de este periódico, Maite Alfageme, y yo mismo fuimos persegui­dos por la todavía vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández, a cuenta de un reportaje sobre su anóma­lo voto en las pasadas elecciones gene­rales, lo más que conseguimos fue una manifestación blandita que, a mayor abundamiento, y según hemos sabido después, ni siquiera quisieron suscribir algunos miembros de la Directiva.

    Simulacros de ruedas de Prensa

    Es una anécdota que revela hasta qué punto en esta hibernada sociedad zapa­terista los periodistas, como grupo pro­fesional, toleramos demasiadas veces los ataques del Gobierno. Y la agresión que venimos estos días comentando no es la menos importante. ¿Cómo es posi­ble que estemos soportando sin rechis­tar la costumbre instalada de esas rue­das de Prensa en las que no se puede preguntar? Personalmente me apena y, sobre todo, me sorprende que algunos medios que han sido la referencia de la libertad de expresión y su ejercicio estén callados como difuntos ante estos simu­lacros que el Gobierno convoca con demasiada frecuencia y que se han con­vertido en un uso tolerado por todos nosotros.

    En otro tiempo no muy lejano, los medios de los que hablo hubieran levan­tado brutalmente su voz para, por ejem­plo, poner de chupa de dómine a ese Zapatero y su cuadrilla de censores, que el pasado lunes citaron en La Mon­cloa a los periodistas para darles un sermoncito amable sobre la gran operación que ha supuesto el rescate de los coope­rantes catalanes. Por cierto, escribo catalanes con toda intención, porque ellos han hecho prevalecer esta identi­dad sobre la española en una declara­ción en la que, muy gentiles ellos, han agradecido a la “Nación Catalana” y también, de segundas, a la “Nación Española”, el apoyo que ambas les han prestado sobre su penoso, se supone, secuestro.

    Zapatero se reservó para su honra y gloria las mieles de la liberación y dejó a los colegas más plantados que un pino sin que éstos tuvieran la menor oportunidad de interrogar al presidente sobre los pormenores de la intervención. Supongo que ningún responsable guber­namental tendrá la caradura de recurrir al manoseado “asunto de Estado” para justificar la inane explicación del jefe de Gobierno. En cualquier otro país occi­dental los periodistas o hubieran recla­mado a gritos las justificaciones del pre­sidente o, sencillamente, se hubieran lar­gado con viento fresco. Claro está que los informadores que asisten a las conferen­cias de Prensa del Gobierno (tengo enor­me y dilatada experiencia en estos episo­dios), no suelen contar a priori con la instrucción de su director sobre cómo comportarse en situaciones como la des­crita. Pues bien, a este respecto, aseguro que todos los miembros de la Redacción de la Gaceta están autorizados para tomar las de Villadiego y largarse de una subversión periodística como ésta, sea quien fuere el culpable de ella. Antes, eso sí, ensayaremos la fórmula de impedir que el actor y protagonista del simulacro se vaya sin responder a nuestros interro­gantes. Los redactores de La Gaceta ya tienen el permiso concedido de ante­mano. Harán lo que tienen que hacer, harán aquello para lo que se les paga: intentar, por las buenas, que el político en cuestión (si es que se trata de un polí­tico, en otro caso, la postura será también idéntica) conteste a las preguntas que, con toda honradez y rigor, planteamos para transmitirlas a nuestros lectores.

    La solidaridad profesional

    Por nuestra parte se ha acabado esta feria; no vamos a tolerar que nadie con­vierta a los periodistas en recaderos, ni bultos sospechosos que asisten ensimis­mados a la alocución corta e interesada de cualquier sujeto político. Nunca me ha gustado entonar enfáticamente la palabra “solidaridad”, entre otras cosas porque así, con un tonillo insoportable, la cantan muchos socialistas que luego practican exactamente lo contrario de lo que pregonan.

    Sé, por lo demás, que este momento no es el mejor para pedir a los colegas de profesión que se unan a una iniciativa como ésta; son muchos los intereses creados, es tanta la presión del Gobier­no, vía subvenciones, vía concesiones administrativas, que muy pocos, de exis­tir alguno, aceptarían sumarse a una exigencia que es la primera regla del Periodismo: informarse para informar de lo que pasa.

    Por tanto, estaremos solos también en este momento, y tampoco nos importa demasiado. Como en tan­tas otras cosas del devenir diario, noso­tros, a lo nuestro. Confiamos, eso sí, en que los directivos de la Prensa de Madrid, lugar en que se han perpetra­do las últimas agresiones contra la libertad de expresión, reaccionen cuan­to antes, en caso contrario, tendremos la seguridad de que tampoco en esta ocasión podremos contar con ellos.

    Es de todo extremo inadmisible que España entera no sepa en este momen­to ni cuánto ha costado el fin de secues­tro de los osados cooperantes catalanes (repito, catalanes) ni qué ocurrió exac­tamente en la base española de Afganis­tán la madrugada del pasado miérco­les. Este Gobierno cada vez se parece más a aquél del dictador Primo de Rivera que transmitía sus opiniones con notas más oficiosas que oficiales sobre los acontecimientos del país. Hasta ese punto de nuestra reciente his­toria hemos regresado.

    Cuento, para finalizar, una anécdota. Hace algunos años, en los tiempos del hombre de la Transición, Adolfo Suá­rez, un buen tipo que ejercía como secre­tario de Estado para la Información y que luego se hizo nacionalista catalán en Baleares, Josep Meliá, nos comuni­có a un grupo de enviados especiales a un viaje por el extranjero que “el presi­dente esta vez no quiere off the record y también pide que no se le hagan pregun­tas, vamos que no quiere preguntas”. El más veterano de todos nosotros, un enorme periodista del YA, el periódico que se cargaron los vascos de Vocento, José Virgilio Colchero, contestó con su voz apenas audible: “Pues dile al presi­dente que nosotros no le queremos a él”. Era el tiempo de una libertad de expre­sión como nunca ha existido en España, un tiempo que añoramos no por viejos, sino por liberales.

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