
Todos los miembros de la Redacción de LA GACETA que asistan a ruedas de Prensa preguntarán, como es su obligación, hasta a quienes no se dejen preguntar.
En La Gaceta lo venimos avisando durante toda la semana: nuestros periodistas preguntarán en las ruedas de Prensa aunque los protagonistas de ellas no admitan preguntas. Y esto va para todos: igual para el PSOE, Zapatero y su Gobierno, que para el Partido Popular, que también ha cometido la tropelía de confundir a los periodistas con recaderos. Hace unos días, recogíamos la protesta de la eficaz presidenta de la Federación de Asociaciones de la Prensa de España, Elsa González. La redactora de una cadena, antes obispal, ha cambiado los hábitos de sus antecesores en el cargo, que nunca quisieron ni enfrentarse con el poder ni defender a los colegas ante las agresiones de éste. Para lograr todavía hoy que la Asociación de la Prensa de Madrid, la más poderosa de España, se pronuncie en casos flagrantes de ataque a medios y a sus intérpretes hay que vencer resistencias absolutamente impensables. Cuando la directora adjunta de este periódico, Maite Alfageme, y yo mismo fuimos perseguidos por la todavía vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández, a cuenta de un reportaje sobre su anómalo voto en las pasadas elecciones generales, lo más que conseguimos fue una manifestación blandita que, a mayor abundamiento, y según hemos sabido después, ni siquiera quisieron suscribir algunos miembros de la Directiva.
Es una anécdota que revela hasta qué punto en esta hibernada sociedad zapaterista los periodistas, como grupo profesional, toleramos demasiadas veces los ataques del Gobierno. Y la agresión que venimos estos días comentando no es la menos importante. ¿Cómo es posible que estemos soportando sin rechistar la costumbre instalada de esas ruedas de Prensa en las que no se puede preguntar? Personalmente me apena y, sobre todo, me sorprende que algunos medios que han sido la referencia de la libertad de expresión y su ejercicio estén callados como difuntos ante estos simulacros que el Gobierno convoca con demasiada frecuencia y que se han convertido en un uso tolerado por todos nosotros.
En otro tiempo no muy lejano, los medios de los que hablo hubieran levantado brutalmente su voz para, por ejemplo, poner de chupa de dómine a ese Zapatero y su cuadrilla de censores, que el pasado lunes citaron en La Moncloa a los periodistas para darles un sermoncito amable sobre la gran operación que ha supuesto el rescate de los cooperantes catalanes. Por cierto, escribo catalanes con toda intención, porque ellos han hecho prevalecer esta identidad sobre la española en una declaración en la que, muy gentiles ellos, han agradecido a la “Nación Catalana” y también, de segundas, a la “Nación Española”, el apoyo que ambas les han prestado sobre su penoso, se supone, secuestro.
Zapatero se reservó para su honra y gloria las mieles de la liberación y dejó a los colegas más plantados que un pino sin que éstos tuvieran la menor oportunidad de interrogar al presidente sobre los pormenores de la intervención. Supongo que ningún responsable gubernamental tendrá la caradura de recurrir al manoseado “asunto de Estado” para justificar la inane explicación del jefe de Gobierno. En cualquier otro país occidental los periodistas o hubieran reclamado a gritos las justificaciones del presidente o, sencillamente, se hubieran largado con viento fresco. Claro está que los informadores que asisten a las conferencias de Prensa del Gobierno (tengo enorme y dilatada experiencia en estos episodios), no suelen contar a priori con la instrucción de su director sobre cómo comportarse en situaciones como la descrita. Pues bien, a este respecto, aseguro que todos los miembros de la Redacción de la Gaceta están autorizados para tomar las de Villadiego y largarse de una subversión periodística como ésta, sea quien fuere el culpable de ella. Antes, eso sí, ensayaremos la fórmula de impedir que el actor y protagonista del simulacro se vaya sin responder a nuestros interrogantes. Los redactores de La Gaceta ya tienen el permiso concedido de antemano. Harán lo que tienen que hacer, harán aquello para lo que se les paga: intentar, por las buenas, que el político en cuestión (si es que se trata de un político, en otro caso, la postura será también idéntica) conteste a las preguntas que, con toda honradez y rigor, planteamos para transmitirlas a nuestros lectores.
Por nuestra parte se ha acabado esta feria; no vamos a tolerar que nadie convierta a los periodistas en recaderos, ni bultos sospechosos que asisten ensimismados a la alocución corta e interesada de cualquier sujeto político. Nunca me ha gustado entonar enfáticamente la palabra “solidaridad”, entre otras cosas porque así, con un tonillo insoportable, la cantan muchos socialistas que luego practican exactamente lo contrario de lo que pregonan.
Sé, por lo demás, que este momento no es el mejor para pedir a los colegas de profesión que se unan a una iniciativa como ésta; son muchos los intereses creados, es tanta la presión del Gobierno, vía subvenciones, vía concesiones administrativas, que muy pocos, de existir alguno, aceptarían sumarse a una exigencia que es la primera regla del Periodismo: informarse para informar de lo que pasa.
Por tanto, estaremos solos también en este momento, y tampoco nos importa demasiado. Como en tantas otras cosas del devenir diario, nosotros, a lo nuestro. Confiamos, eso sí, en que los directivos de la Prensa de Madrid, lugar en que se han perpetrado las últimas agresiones contra la libertad de expresión, reaccionen cuanto antes, en caso contrario, tendremos la seguridad de que tampoco en esta ocasión podremos contar con ellos.
Es de todo extremo inadmisible que España entera no sepa en este momento ni cuánto ha costado el fin de secuestro de los osados cooperantes catalanes (repito, catalanes) ni qué ocurrió exactamente en la base española de Afganistán la madrugada del pasado miércoles. Este Gobierno cada vez se parece más a aquél del dictador Primo de Rivera que transmitía sus opiniones con notas más oficiosas que oficiales sobre los acontecimientos del país. Hasta ese punto de nuestra reciente historia hemos regresado.
Cuento, para finalizar, una anécdota. Hace algunos años, en los tiempos del hombre de la Transición, Adolfo Suárez, un buen tipo que ejercía como secretario de Estado para la Información y que luego se hizo nacionalista catalán en Baleares, Josep Meliá, nos comunicó a un grupo de enviados especiales a un viaje por el extranjero que “el presidente esta vez no quiere off the record y también pide que no se le hagan preguntas, vamos que no quiere preguntas”. El más veterano de todos nosotros, un enorme periodista del YA, el periódico que se cargaron los vascos de Vocento, José Virgilio Colchero, contestó con su voz apenas audible: “Pues dile al presidente que nosotros no le queremos a él”. Era el tiempo de una libertad de expresión como nunca ha existido en España, un tiempo que añoramos no por viejos, sino por liberales.
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