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    Caperucita Rajoy
    De domingo a domingo

    Menos coñas, Caperucita

    24 JUL 2010 | Carlos Dávila

    “O sea, que menos coñas, Caperucita; aquí de lo que se trata es de saber qué tiene que hacer Rajoy para ganar cuanto antes a un personaje de opereta bufa como Zapatero”.

  • No tengo la menor intención de cansarles con citas aparentemente cultas o pedagógicamente históricas. Sólo quiero recordar que Antonio Maura (uno de los pocos políticos españoles cuya biografía se reconoce con un “don” inicial) afirmó en alguna ocasión en el Congreso de los Diputados que “en política lo que no se recobran nunca son las oportunidades”. Y eso que fue cinco veces presidente del Gobierno, soportó con entereza y no muy buena mano, la Guerra de Marruecos, tuvo que reprimir revueltas durísimas y al fin, si hay que hacer caso a su hijo Miguel, hubiera servido a la República en caso de no haberse muerto antes de 1931. Maura, desde luego, sabía bastante de oportunidades y de méritos; tantos acumulaba que de ser, en principio, un deplorable hablador del castellano cuando llegó a Madrid para estudiar más Ciencias que Derecho, terminó por convertirse en uno de los mejores, si no el mejor, orador de su tiempo.

    De haber existido ahora, Maura estaría escudriñando, con certeza, las oportunidades que tiene el Partido Popular, un trasunto, más o menos, del suyo, de derrotar a Zapatero dentro de un par de años. Si ganara, Rajoy hubiera aprovechado su tercera oportunidad ante un individuo al que considera, con todas las luces de la razón, que es un perfecto indocumentado. Pero no está tan claro, porque no es seguro –más bien, lo contrario– que este personaje, Zapatero, que es el crisol más repugnante de todas las falacias posibles, vuelva a presentarse. Se lo contábamos en exclusiva hace días en LA GACETA: la inestabilidad familiar no le induce precisamente a seguir ocupándose (es un decir) de asuntos públicos, y, a mayor abundamiento, porque, es aún más discutible que los auténticos dueños del poder europeo sigan soportando sus destrozos, destrozos que, al fin, se resisten a pagar ellos. En suma, que Rajoy se puede encontrar sin su tercera oportunidad ante Zapatero.

    El perfil bajo

    Pero, claro está, en caso de que gozara de ella, lo cual es absolutamente deseable. ¿La está aprovechando?, ¿está haciéndolo de tal forma que tal oportunidad se convierta en un triunfo? Aquí comienza el debate. Su último paso por el pastoso e inútil Debate sobre el Estado de la Nación, el trance que se inventó Peces-Barba para equipararlo al discurso anual del presidente norteamericano, se ha saldado, por primera vez según las encuestas fiables (la del CIS es un apaño miserable), con una victoria por los pelos del líder popular. Es curioso: por utilizar un léxico futbolístico tan querido en estos días en España, a Rajoy lo que le sobró fue la prórroga, justo lo contrario que a la Selección del gran hombre tranquilo de España: Vicente del Bosque. En la sesión regular, batió en todos los órdenes a ese Zapatero mentiroso, contradictorio, agónico, que repetía sin parar monsergas en las que nunca había creído. En la prórroga, Zapatero se convirtió en un De Jong cualquiera o en un Van Bommel de prisión de alta seguridad; sacó la navaja de la faldriquera y Rajoy se arrugó. Ese mismo día, un político muy cercano al presidente del PP me confesaba: “Rajoy no quiso meterse en ese terreno; nosotros no somos de ésos”.

    O sea, es algo así como la enésima apuesta por el perfil bajo que tanto cuesta (al parecer seiscientos mil euros anuales) al Partido Popular. El low profit (dicho en inglés, los sociólogos le sacan aún más partido) que consiste sólo en esto: en la vagancia de sus propaladores que, de esta forma, no se tienen nada que inventar, que así trabajan mucho menos, que, con ese diseño, apenas se ven en la tesitura de encontrar respuestas para las invectivas del contrario. Los aludidos, nada zoquetes, tienen contestación para todo y dicen: “Hasta para estar callados hay que ser inteligentes, ¿o es que queréis que nos vayamos de la lengua?, ¿o es que queréis que hagamos promesas sin cuento para que al día siguiente de llegar a La Moncloa, no las podamos cumplir?”. Ése es su razonamiento. Y para ello, hay una réplica precisa: ¿se está dando cuenta el PP de qué resistencias está creando en su electorado la tibia actitud que está adoptando en asuntos como el del aborto? Y más aún. ¿Se sabe a ciencia cierta cuál es la posición del partido respecto a las consecuencias de la sentencia sobre el Estatuto de Cataluña? ¿O les hablamos de Bono?

    Ganar sin hacer nada

    Los hay que no tienen duda: el PP está en un error, no remata sus ataques y, encima, está dejando que el rival se recupere. Quedan dos años por delante y sólo hay la constancia cierta de que Zapatero no tiene la menor intención de convocar elecciones anticipadas. A uno de estos especialistas electorales le preguntaba reiteradamente esta pasada semana: “¿Y todavía puede perder el PP?”. Sin dudarlo un solo momento, respondió: “El PSOE lo tiene francamente mal, pero el PP aún no ha ganado las elecciones; es más, si sigue así, el PP puede dejarse el triunfo en el camino”. Una actitud prudente por parte de la dirección popular sería, al menos, reflexionar sobre estos pronósticos. Pero, al parecer, la doctrina oficial es que una nueva derrota está descartada de antemano. Lo peor que he escuchado hace tiempo es la ufana postura de un directo colaborador de Mariano Rajoy: “Hay que dejarlos que se cuezan en su propia salsa; van a perder, todo está sentenciado”. Tengo que suponer que cuando Rajoy oiga también una tal estupidez enviará (si todavía no lo ha hecho) a su voluntarioso asesor a hacer puñetas, ¡para qué andarse con más complicaciones! Existen otro tipo de consejeros áulicos (especie de personajes que siempre presumen de trabajar por amor, pero que al final siempre terminan cobrando) que empeoran incluso las apreciaciones de los técnicos profesionales y proclaman con un bigote que ni se les mueve: “¿Para qué vamos a trabajar si es indudable que vamos a vencer?”.

    Hagámosle menos caso a estos estrafalarios bucaneros del pacifismo del jefe y vayamos directamente a lo que importa. Va ya para dos años que apareció por Madrid un reputado consultor que traía alguna bibliografía presentada como fautor de los grandes momentos de Obama y que, en consecuencia, se presentaba (o era presentado por mejor decir)como un gurú indubitable de “todo lo que hay que hacer para llevarse el triunfo”. Aseguraba el hombre, hombrecillo, cosas que, de entrada, y para los recién llegados, resultaban necesariamente atractivas. Decía por ejemplo: “Hay que poner a la sociedad en permanente estado de paranoia”. El interlocutor que me contaba el episodio parecía dispuesto, a continuación, a escribir un tratado de expectativas políticas sobre una sola frase. ¿Paranoia? ¿qué es la paranoia? El intérprete me definía así la definición del conspicuo avistador de victorias: demostrar a la sociedad electoral que “nosotros nunca nos vamos a confiar”, que “nosotros siempre estaremos alerta” y que “nosotros siempre estaremos atentos a los retos”. La conversación prácticamente acabó cuando, con la humildad franciscana que me caracteriza, pregunté: “¿Y por decir eso, ¿cuánto cobráis?”.

    La suerte, cuestión de talento

    O sea, que menos coñas, Caperucita. Aquí de lo que se trata es de saber qué tiene que hacer Rajoy para ganar ya, antes que esto, como dice el poema clásico que casi nadie conoce: “Esto se derrumba, Tony, pronto dejarás la pista, que la gente ya no ríe como antaño se reía...”, no se sostiene en pie con un personaje de opereta bufa como Zapatero, al que Rajoy tiene que oponerle, al menos, tres finales consideraciones: una, es su oportunidad, porque para España es imprescindible que gane; dos, tiene que ser el artífice, no puede ser de otra forma, de una derecha decente; tres, al tancredo no le mata el cuerno del toro, le asesina el aburrimiento de los espectadores. Al final la suerte no es que te las vengan dadas; es cuestión de talento. Creo que lo escribió Benavente.

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