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La Jornada Mundial de la Juventud ni es efímero espectáculo pop ni tampoco teatro.
¿Está Benedicto XVI, el sucesor de Pedro, presentando el catolicismo en Madrid como un gran espectáculo? ¿Consiente perfilarse al modo de una estrella del pop precisamente ante la juventud? ¿Únicamente escenografía son las JMJ? No preguntaba sino que me lo afirmaba un querido amigo agnóstico, famoso escritor, cuyo agnosticismo lo tortura desde hace años. Mientras le escuchaba, una sonrisa me divertía la imaginación. Me acordaba de la tía Blasa, una solterona de mi familia –hay muchas tías así– que afea a los padres lo consentidos que tenemos a los hijos. “Si fueran míos –dice ex cáthedra–, no toleraría esos espectáculos. Irían como velas”. En fin, lo que tenemos que oír los padres de quienes no tienen hijos. Y tiene su miga, que conviene atender, que ateos y agnósticos digan estos días a los católicos cómo debería ser y aparecer la religión. Para algunos de estos consejeros externos, los católicos sólo mereceríamos crédito si, enclaustrados en silencio, fuéramos todos cistercienses o carmelitas de clausura. A mi amigo, fascinado por la belleza dramática del Vía Crucis, conmovido de corazón ante la radical entrega de las 1.600 monjas jóvenes –más otras 1.000 que se quedaron fuera–, atraído su intelecto por la llamada a los jóvenes maestros para restaurar una vez más la búsqueda enamorada e inteligente de la verdad en la vida universitaria y científica, le respondí dos cosas. Ahí van.
Primera. Una cosa es el puro y mero espectáculo, es decir, la caja de bombones vacía. Otra, en el extremo contrario, la expresión pública y mediática de verdades como puños duramente vividas más de 2.000 años sin interrupción. Ya sé, ya sé que los cristianos somos vasijas de barro. Pero ahí empieza el milagro, que siendo peores que termitas, capaces de corroer lo mejor haciendo pésimamente el bien, la confianza en Jesucristo nos haga permanecer 20 siglos sacando a duras penas lo mejor de nosotros mismos. La fuerza de conmoción del Vía Crucis se basa, ante todo, en que representa un hecho real, tan humanamente brutal como divinamente colosal. Es Jesús, que se nos presenta como Hijo Unigénito de Dios e Hijo del Hombre, quien padece como inocente la injusticia, la calumnia, la traición, la humillación, la tortura, el despojamiento completo y la muerte por crucifixión. Y por ser Dios puede transformar las cruces de nuestras vidas, que Él vivió en su carne, si nosotros las vivimos con su mismo amor, en camino, verdad y vida. Ocurre que en ese Vía Crucis realmente ocurrido, libremente aceptado por amor, ante su Madre que se hace nuestra, cada uno ve retazos importantes de su propia vida. ¿Cuáles? Los sufrimientos, penas, traiciones, injusticias, fragilidades, caídas, farsas, humillaciones y demás humanidades que padecemos y hacemos padecer. Ese Jesucristo real, que nos retrata ora inocentes ora verdugos, es quien explica la inspiración y belleza artística de nuestros pasos y tronos de Semana Santa, su poder de conmovernos, y la fuerza de comunicación entre abuelos, padres e hijos por la que se renueva su cuidado en cada primavera generacional. Es la verdad la que conyuga arte y fe y hace parir obras que conmueven el alma. Eso no es efímero espectáculo pop. Eso es belleza siempre, es decir, fascinante resplandor de lo verdadero.
Segunda. En el teatro, los artistas representan lo que no son. Benedicto XVI no es actor de algo que no existe. Cuando los distintos grupos de jóvenes discapacitados, enfermos, perseguidos o marginados iban relevándose la cruz a lo largo de las estaciones del Vía Crucis, la Iglesia no hace teatro, expresa pública y mediáticamente lo que de verdad está viviendo en las carnes de sus fieles a lo largo y ancho de este mundo, en países con nombre y apellidos. No hay que irse demasiado lejos. En Madrid, ante los ojos del mundo, hemos visto la intolerancia, la falta de respeto, el odio, la violencia en algunos grupos anticatólicos. Es la afirmación de Jesucristo, como Hijo de Dios, lo que origina el peculiar furor contra los jóvenes católicos. Pero ese furor y sus tenebrosas maniobras –otra vez el Vía Crucis– han hecho el inmenso favor de mostrar a la buena gente dónde está la luz y dónde las tinieblas, quiénes están alegremente vivos y quiénes resentidamente muertos. Que cada quien elija.
Uno de los sentidos de la gran escenografía de las JMJ es perder las vergüenzas a expresar la identidad cristiana en el mundo actual. Y expulsadas cobardías por la borda, exigir los derechos civiles implicados en la afirmación pública de la identidad católica, en la libertad de serlo y vivirlo en persona, en la familia, en la vida profesional y social, también en la vida política. Como esa identidad padece en el presente y esas libertades hay que conquistarlas en el futuro, ha de ser la juventud la que consiga esos logros. Por eso a mí, que de natural padezco la limitación de ser antimasas, cánticos, camisetas y autocares, me parece muy razonable –incluso me emociona– ver pasar estos días por Madrid a chicos y chicas orgullosos de ser católicos, diciéndose unos a otros cuántos somos y de cuantas latitudes, la que estamos montando y cómo nos mola vitorear, con ripios que pasarán a la historia de la ópera, a este anciano alemán, que habla tenue como si no matara una mosca, pero que dice verdades llenas de vida y esperanza, porque, sucesor de Pedro, es quien ahora representa a Jesucristo en la tierra.
*Pedro-Juan Viladrich es catedrático de Universidad y vicepresidente del Grupo Intereconomía.
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3 Comentarios
En mi opinion es un error,caer en dogmatismos, de la misma manera que no se puede trasladar a todo opciones personales,que se deben quedar en ambito personal y no extenderlo a politica o entorno ,eso no es bueno para la convivencia pacifica entre culturas y creencias y libertad.
Primera. Una cosa es el puro y mero espectáculo, es decir, la caja de bombones vacía. Otra, en el extremo contrario, la expresión pública y mediática de verdades como puños duramente vividas más de 2.000 años sin interrupción
coñe...alguna version secreta de la iglesia es la que te han contao a ti?
porque empezando por la mentira de que dios existe... siendo tan solo un invento humano...
lo mismo escribiendo estas chorradas quieres aparentar ser mas listo que tu amiguete el laico...estas apañao
para mantener esa mentira durante 2000 años ya te podras imaginar la cantidad de mentiras que se han necesitado... asi que, de verdades...ni las justas
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