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Justo en el centro de esa desnuda piel aparecía el heraldo de la primavera.
Al poco de estallar la primavera y más con la llegada del verano, todo el mundo ha visto el giro copernicano que ha sufrido en Madrid el atuendo veraniego y femenino. En efecto, durante los últimos años, las mozas madrileñas, una vez desprendidas de trencas y de lanas, solían exhibir una leve franja de su piel, la que deja al aire, por el sur, la cortedad de la camiseta y, por el norte, el cinto caído que sujetaba un pantalón amenazado de venirse al suelo. Justo en el centro de esa desnuda piel aparecía el heraldo de la primavera, la maravillosa cicatriz, la singular sutura que dejó el cordón de la vida al ser cortado. El redondo y levemente hundido, el dulce, prometedor ombligo femenino… y la contemplación de esa miniatura a mí me producía escalofríos. Pero ya no, porque la cruel, dictatorial y esquiva moda ha trocado el ombligo por las opulentas (o las leves) pechugas y, claro, ya no es lo mismo.
Y en estas estábamos cuando llegó a Madrid Jennifer Lopez y sentenció: “Los españoles están obsesionados con el culo”. (Si lo sabrá ella, que tiene asegurado el suyo en cinco millones de dólares). Y, de improviso, se alargaron las piernas mostrando los muslos… y esto último tampoco ha sido baladí –al menos para mí–, pues hace días, mientras realizaba mis cotidianos ejercicios cardiosaludables sobre los verdes prados del Retiro, estos ojos –que ha de comerse la tierra– vieron trotando a pocos metros de distancia unos mínimos pantaloncitos rojos, propiedad de una cuarentona de carnes prietas… y me quedé prendado de aquellas dos semiesferas vibrantes e, hipnotizado, ya no pude parar y seguí detrás de aquellos glúteos que, ora arriba, ora abajo, se mostraban, bajo el algodón, más vivos que lo haya estado jamás criatura alguna. Al poco, volví hacia atrás la mirada y constaté que no era el único cofrade en aquella procesión. Muchos corríamos tras la utopía inalcanzable de aquel culo y, como los niños tras el flautista de Hamelin, sin saberlo, lo hacíamos hacia nuestra perdición.
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