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¿Por qué se libran los malos y se terminan los buenos? No tengo la menor intención de ofrecer respuestas santas a este interrogante. Únicamente aseguro lo siguiente: los primeros deben tener premio.
Pero lo voy a escribir. Con más claves incógnitas que las que acostumbro. Y no voy de política. Esta es la segunda versión de una crónica que, misteriosamente, desapareció, como por ensalmo, de mi ordenador el pasado jueves. Estaba cuidadosamente guardada como mandan los cánones informáticos, pero se borró. Bien: sea porque así lo quiso el azar o porque lo ordenó alguna cabeza especialmente activa (para el mal) en estos días, me alegró. Porque de este modo puedo explayarme más con el sentimiento que con la cabeza. Verán: hace 10 días justos que la vida me ha arreado un sopapo miserable. Son de esos acontecimientos que ocurren en un segundo, pero cuyos efectos perduran para siempre. Tenía yo una referencia fraternal, lejana en kilómetros, cercana en el corazón, que me ha desaparecido.
Lo ha hecho además, por fases, como avisando en pura y desalmada patología, de lo que iba irremediablemente a suceder. Durante años, muchos para los dos, ninguno ya para mi volada referencia, hemos permanecido estrictamente remotos. En la algarabía uno, en la agitada paz de una existencia durísima el otro. Hemos sabido de nuestras vidas más por lo demás que por nosotros mismos. Los dos hemos practicado una monogamia de confianza que ahora sólo yo puedo lamentar. Lo terrible no es esto, con serlo mucho: lo espantoso es, que se sepa, que ya no podremos romper esa maldita distancia inmaterial que nos impedía a ambos la apertura de nuestros corazones. Es lo que en el lenguaje coloquial se llama “ser muy duros”. Lo somos, sobre todo yo, que es el que me quedo aquí.
Contención y ambigüedad
Por tanto, me acuso de haber ejercido la nula comprensión. Eso ha sucedido permanentemente... sólo se ha quebrado hace unos días. Sabrán ustedes entender la ambigüedad con que me expreso, pero puedo contar que en todo el tiempo que llevo corrido, he contemplado tragedias, desde joven he visto cadáveres, y hace años que he soportado agonías. Sólo esta vez, que tan ingrávidamente estoy narrando, he asistido sin embargo a la extinción diaria de algo a lo que tanto quería sin querer reconocerlo abiertamente, porque los de nuestra estirpe no llevamos nuestra debilidad a la consideración del público en general. Cuando alguien se va disolviendo a plazos, cuando eso que denominamos muerte está tan previsoramente avisado, cuando el sujeto que tienes en la mano intenta hablarte y tú te ríes para que él crea que realmente le estás entendiendo y no sucede así, el drama, la irritación, las imprecaciones al infinito se acentúan muchas veces hasta el insulto procaz contra el destino. Pero puedo escribir que en un par de semanas de incomunicación y cercanía obligadas, he sabido de lo que enigmáticamente he llamado mi referencia, mucho más que en decenios de tópica relación.
La contención de la que ahora presumo –ha llegado la hora de decirlo– sólo tiene una causa: el no producir más dolor en mis alrededores. Quizá esta es la decisión más tremenda, desde luego la más polémica, de mi vida. Se trata, ni más ni menos, que de disimular algo que pueda dañar hasta la convulsión dolorosa a quien es la culpable, la responsable, la productora de mi referencia. Por eso estoy escribiendo así, yo que me jacto de contar las cosas como son, sin ambages, sin disimulos.
Creo suponer que, a estas alturas de este escrito, ya habrán entendido todos de lo que estoy hablando, pero por si acaso añado una adenda más comprometida: estoy diciendo que nunca, nunca, creí que se podía sufrir tanto juntamente con el que sufre y nunca, nunca pensé que tuviera que disfrazar con trabajo y hasta con desparpajo absolutamente fingido esta pena. Todos los tópicos que se manejan con caridad para apaciguar el padecimiento de quien tiene que soportar de pie, entero, una ausencia (espero que sea sólo provisional, porque aquí, lo queramos o no, sólo somos unos transeúntes) se deshacen, no sirven, cuando se rememoran los recuerdos de lo vivido.
Es imposible entender que el cuerpo accidental de una persona que únicamente ha hecho el bien, que se ha dejado el pellejo a jirones, que se ha quitado literalmente el pan que él siempre tuvo para dárselo a quien nunca lo tuvo, se deshaga entre estertores y brutales terapéuticas, mientras colea a pocos kilómetros un sujeto indeseable que ha asesinado sin piedad a más de 30.000 personas, que ha despojado a los que han sobrevivido, y que inflige humillaciones sin cuento a millones de personas atemorizadas por sus armas y su persecución. Es entonces cuando te acecha la pregunta sempiterna: ¿por qué se libran los malos y se terminan los buenos?
No tengo la menor intención de ofrecer respuestas santas a esta interrogante. Si lo hiciera, me comportaría como un intruso. Únicamente aseguro lo siguiente: los segundos deben tener premio; los primeros, que con sus fusiles se lo coman y que Dios les perdone, aunque a mí no me gustaría que así fuera. Escribo para desahogarme y contar que no todos somos iguales y que no todos en las mismas instituciones tampoco son iguales. Y estoy hablando literalmente de un desigual del que me he despedido, y no por voluntad propia, hace escasos días. También afirmo que son estos últimos, los desiguales, los que rompen el molde, los que justifican la existencia y hasta la pervivencia de esas instituciones, por más que otros se empeñen en hacerlas duras, cuando no imposibles, de roer.
Con toda certeza o quizá probabilidad, nunca voy a saber transmitir cómo se acaba un personaje excepcional al que yo critiqué, con cariño, sí, pero sin cortarme un pelo, la humildad de, siendo tan sobrado intelectualmente, dedicarse a menesteres que yo he juzgado frívolamente de menor cuantía funcional. Incluso profesional. El tal personaje puso tierra y mar de por medio y se entregó en alma a la negritud, a un enorme grupo humano que yo no sé cómo soporta su humillante postración ante los poderosos, lo suyos propios. Un colega del referido me decía, al pie mismo de la primitiva cama clínica: “Lo nuestro son cosas de la vocación”.
De todo lo que he escuchado en esta semana de pasión contenida (¡Dios mío, nadie sabrá hasta qué punto!) es lo único que me ha convencido. Por eso, sin querer, me he suplantado este domingo a mí mismo, he abandonado por horas las obsesiones políticas cercanas, y he vuelto con el que se ha ido, para celebrar sus horas, las últimas, y cumplir con un deber irrenunciable: el de proclamar sin prudencia alguna que he visto largarse a un sujeto con el que tendré para los restos una deuda impagable de fraternidad. Estoy terminando el artículo que nunca hubiera querido escribir, pero que es, nadie me va a disputar ese honor, el más sincero, el más cordial, el más obligado de toda mi trayectoria personal, que la profesión nada tiene que ver en esto. Si han llegado hasta el fin de esa imprecisa y cruenta confesión, sé que estoy en condiciones de pedir algo: que se echen un rezo, aunque no lo necesite, por este mamón testarudo del que me he permitido hablarles tan a cielo abierto. Y nunca mejor dicho.
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6 Comentarios
¿Porque se libran los malos y se terminan los buenos?. Porque los buenos nos dejamos de matar sin rechistar ni..., de ahí que los malos esten embalentonados hoy más que ayer.
Señor Dávila seguro que su experiencia vital es muy importante para usted, pero, ¿qué me dice de los insultos que profirió Bono a su persona y su grupo anoche en La Noria?
- Sr.Davila, entiendo su sentir y más si cabe su proceder, hace más de 4 siglos, un colega suyo escribía lo siguiente: "Si no puedo pagar las buenas obras que me hacen con otras obras, pongo en su lugar los deseos de hacerlo, y cuando estos no bastan, los publico; porque quien dice y publica las buenas obras que recibe, también las recompensara con otras si pudiera; porque, por la mayor parte, los que se reciben son inferiores a los que dan, y así es Dios sobre todos, y no pueden corresponderse las dádivas del hombre a las de Dios con igualdad por infinita distancia, y esta estrecheza y cortedad la suple el agradecimiento". (DQdlM. Cap.58)
Un cordial saludo.
Ánimo y agradecimiento. Ánimo que es fe para superar momentos duros con la esperanza de que no en vano nos educaron en la vía del servicio a los demás. Cada uno desde el puesto que cree más conveniente y le dicte su vocación. Sí...hasta dejarse la vida. Agradecimiento por su labor diaria de lucha por las libertades y decir públicamente lo que otros no podemos pero sentimos...Pero en estos momentos estamos con usted muchos más de los que pueda pensar. No lo dude Änimo y gracias.
¡¡contencion en boca del sr davila!! ufff, espero que no sufra el efecto goma, o mañana los insultos del dia seran apoteosicos.
deje de contenerse, e intente hacer un poco de periodismo serio, se supone que esa es su profesion.
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