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La libertad religiosa es un derecho esencial e intangible, que el Estado debe reconocer y tutelar.
Entre todos los fenómenos sociales que han estado presentes a lo largo de la historia, uno solo ha escapado siempre a la acción del Estado: el fenómeno religioso. Reiteradamente, los más diversos sistemas y poderes políticos han intentado dominarlo, controlarlo, eliminarlo; el resultado a la larga ha sido siempre nulo: los Gobiernos pasan, los dictadores desaparecen, los controlantes se extinguen, las persecuciones cesan y renacen, cruentas e incruentas, por la vía jurídica o por la vía de la fuerza. Todo es inútil, nadie ha conseguido nunca acabar con el fenómeno religioso y su incidencia social, y nadie lo va a conseguir.
Naturalmente que no estoy hablando de esta o aquella confesión religiosa determinada; hablo de todas ellas, y no hablo de ninguna. Hablo del germen de eternidad que lleva dentro cada ser humano, de la fe, del sentido de la trascendencia de la vida, que el hombre ha puesto siempre en relación con un sentido sobrenatural de su existencia: de Dios procede y hacia Dios camina. Este es el sentido de la vida desde los orígenes de la humanidad para millones y millones de personas, para miles y miles de pueblos. Se puede controlar el derecho a la vida, privando al hombre de su disfrute; lo mismo tantos otros derechos, que tantas veces los gobernantes han querido y conseguido eliminar para un momento dado y para un lugar concreto. Los mártires de todas las religiones testifican la imposibilidad de privar al hombre de su fe.
Y ese derecho, esencial e intangible, a la opción de fe, que es previo al Estado y que es deber del Estado reconocer y tutelar –si desea ser un Estado que actúe en justicia–, al que llamamos libertad religiosa, conduce al hombre a elegir, a adecuar su conducta pública y privada a su elección, y a asociarse con otros que compartan con él sus creencias: de aquí nacen las confesiones.
Afirma el artículo 16.1 de nuestra Constitución de 1978 que el Estado garantiza la libertad religiosa de los individuos y las comunidades. Es fácil comprender que son los primeros y no las segundas los auténticos titulares de ese derecho de libertad, que poseemos por naturaleza y del que nadie debe privarnos. Y digo “debe”, pero lo exacto es decir “puede”, porque para quitárnoslo hay que quitarnos la vida, como sobradamente demuestra la historia humana. Las comunidades religiosas, las confesiones, las Iglesias, como se las quiera llamar, poseen una libertad que es en realidad la libertad conjunta de sus miembros, que poseen derecho a creer, a enseñar, a practicar el culto, a inspirar en su fe sus acciones, a ser atendidos religiosamente en sus necesidades, y para todo ello se asocian, constituyen las confesiones, y en la libertad con que estas actúan encuentran los hombres el marco de acción y de satisfacción de su propia libertad.
Todas las tiranías –bajo los más diferentes disfraces– han pretendido limitar la libertad de las entidades religiosas. Al individuo se le trata de apartar de la fe bañándolo en un materialismo educativo y ambiental; a las confesiones se les recortan derechos, y con el pretexto de la igualdad se las trata de equiparar a la baja, no al alza. Y por ese camino procuran los Estados sustituir a las religiones como fuentes de los principios éticos que rigen nuestra vida, para más fácilmente someternos a sus propios códigos de valores. Y cuando el Estado consigue que el pueblo considere justo o injusto, moral o inmoral, lo que el poder político le dicta y no lo que la fe le propone, los hombres dejan de ser personas libres para convertirse en números que los políticos manejan y utilizan. De momento, nada más que de momento; a la larga, es la libertad religiosa y no el poder estatal quien sobrevive.
En este juego están entrando hoy muchos intelectuales, muchos sociólogos, muchos defensores de que la vida es materia y de que no somos sino animales algo más desarrollados. Esto es nuevo. Y están entrando también muchos políticos. Esto es viejísimo. Muchos políticos o partidos que, al haber sido asumidos universalmente en lo que tenían de positivo sus primitivos programas, al extinguirse la lucha de clases, al estar por todos aceptados los otrora avanzados y hoy comunes principios de carácter social, se han quedado sin mensaje y han decidido asumir el de la extinción de los derechos de origen religioso: la fe del individuo y la acción de las confesiones.
Naturalmente, procuran empezar por introducirse en la educación de los niños; tratan luego de destruir el principal núcleo de resistencia, que es la familia, y coartan luego los derechos de las entidades. El final es más antiguo que el sonajero: hacerse con el control de las mentes, dictar los principios de la justicia, ser omnipotentes. Y a veces lo llegan a conseguir, pero por un tiempito y en algunos grupitos; la fe es indestructible, los programas políticos no. Estos son tantas veces pura demagogia para, como decía Tierno Galván, ilusionar y engañar a los electores, y los partidos sin nada que ofrecer son tan aficionados a utilizarla…
No lo intentan nunca a través de las confesiones más débiles en cada lugar; prometen a estas todo lo prometible y van, en cada país y momento, contra la que allí sea mayoritaria; cuando creen haber dominado a esta, las promesas hechas a las demás se convierten en humo. Nada nuevo: la misma idea se les ha ocurrido a muchos, y lo han intentado muchas veces. Ninguno sobrevivió a su empeño; las confesiones, sí; la libertad religiosa, desde luego.
*Alberto de la Hera es vicepresidente de la International Religious Liberty Association.
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3 Comentarios
No conozco a Alberto de la Hera,ni nunca antes le habia leido, pero me ha gustado su artículo. Está en la línea de los dos comentarios que me editaron ayer en este diario -al que quiero mostrar mi agradecimiento- sobre una noticia alarmista acerca de la convocatoria gobierno, a cuatro entidades no católicas como asesores en la comisión sobre libertad religiosa, ampliando el número de los que ya pertenecen a dicha comisión, lo cual hacia pensar al articulista que se intentaba rebajar, o anular totalmente ( cito la idea, no literalmente) el poder de la iglesia católica en España, cosa que rebatí, con palabras muy semejantes a las que escribe el Señor de la Hera.
La respuesta airada de un lector hacia mi primer comentario, es una muestra de que no todo el mundo tiene las ideas claras sobre lo que debe ser la auténtica libertad en materia de conciencia y religión. En ello, sin duda juega un papel importante, la "educación viciada" de un sector de católicos,al parecer muy importante,que ni siquiera saben - o no les importa saber- que su própia iglesia tiene hoy un concepto muy diferente al que históricamente habia sostenido, no ya cuando la Reforma, sino a los tiempos inmediatamente anteriores al concilio vaticano segundo.
Con todo lo que sí se puede decír, es que como institución,a lo largo de los siglos lograron un área de poder(un estado dentro del estado) y economía -ahora financiada por el Estado "laico", con nuestros impuestos, en lugar de serlo con el dinero de sus própios fieles, que no ponen en el cepo sino cantidades irrisorias que no dan para el boato que aún se conserva- y que no estan dispuestos a renunciar a ninguno de los dos;ni al poder, ni a la finaciación con nuestros impuestos.
SALMO 12
12:2 ¡Sálvanos, Señor, porque ya no hay gente buena,
ha desaparecido la lealtad entre los hombres!
12:3 No hacen más que mentirse unos a otros,
hablan con labios engañosos y doblez de corazón.
12:4 Que el Señor elimine los labios engañosos
y las lenguas jactanciosas de los que dicen:
12:5 "En la lengua está nuestra fuerza;
nuestros labios nos defienden, ¿quién nos dominará?"
12:6 "Por los sollozos del humilde
y los gemidos del pobre,
ahora me levantaré —dice el Señor—
y daré mi ayuda al que suspira por ella".
12:7 Las promesas del Señor son sinceras
como plata purificada en el crisol,
depurada siete veces.
12:8 Tú nos protegerás, Señor,
nos preservarás para siempre de esa gente;
12:9 por todas partes merodean los malvados
y se encumbran los hombres más indignos.
es el hombre torrente de un oculto manantial.
desciende el ser a nosotros sin que sepamos de donde...
yacemos sobre el regazo de un intelecto sin fin,
de su verdad recibimos, de su actuar órganos somos...
por nosotros nada hacemos, sin embargo
a nuestro través tienen sus destellos paso.
orar es contemplar los hechos de la vida
del punto de vista de más elevación,
es el espíritu de dios cuando proclama
que sus obras son buenas... porque -aquel-
que ha hecho cosas y personas nos sostiene
y sobre todo ser a través nuestro proyecta
su abrumador universal saber.
Ralph Waldo Emerson.
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