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    El discurso del Rey, siempre objeto de expectación

    El próximo mensaje del Rey

    21 DIC 2009

    El discurso del Rey, siempre objeto de expectación.

  • Resuelta afortunadamente la incógnita de la transmisión del discurso del Rey por la televisión vasca, hay que considerar de antemano algunas cuestiones que revisten la clásica y tópica “alocución navideña” de Su Majestad de particularidades muy notables.  No llega al uso británico, donde ni siquiera la Reina Isabel escribe sus propios textos y es el Gobierno de turno quien redacta los que la titular lee en cada momento. Este modelo no fue copiado literalmente en nuestra Norma Suprema pero, en el fondo, se parece bastante a él. Oficialmente, el Rey y su Casa preparan el mensaje y éste es remitido, más para su aprobación que para su matización, a la Presidencia del Gobierno. Se trata pues de un delicadísimo equilibrio que en algunas ocasiones ha producido más de un problema.

    Así sucedió un año en que el Rey, preocupado por la galopante corrupción del felipismo y por la apuesta que hizo este régimen de González por una respuesta delictiva a los crímenes de ETA,  intentó, desde la atalaya de su respeto imponente a la propia Constitución, denunciar ambas y deleznables circunstancias. Moncloa saltó como una hiena sobre el documento y éste se quedó al final en un alegato muy descafeinado sobre cómo debe ejercerse el poder en una sociedad democrática. Algún escribano de los que habitualmente han recibido la encomienda de, o bien “dar ideas” sobre el mensaje, o bien ponerlo directamente negro sobre blanco, siempre han insistido en la dificultad que supone pergeñar un escrito en el que Rey tiene el casi imposible objeto de hablar de la realidad, sobrevolándola; una especie de decir sin decir o, incluso, decir sin apuntar.

    Recordamos este pasaje de la historia de los mensajes navideños del Rey porque el de este año encierra, quizá, la mayor complejidad desde que Don Juan Carlos fue investido titular de la Corona Española. Cuatro elementos configuran la actualidad española: la enorme crisis económica con su secuela más sangrante del paro, la reversión que estamos sufriendo de todos los valores usuales de la sociedad española, el creciente desprestigio de nuestra imagen exterior, y la confrontación total entre los dos grandes partidos del país. A ninguno de estos asuntos es ajena la ocupación del Rey; es más, existe la constancia de que ha intentado, ya se ve que sin éxito alguno, reconducir la relación entre Zapatero y Rajoy, pero es tanta la distancia política y moral que se abre entre un PSOE abiertamente dedicado a transformar a España en una comunidad laicista, y un PP que tiene por fuerza que responder a las creencias y exigencias de su electorado, que el papel de Rey, voluntarioso y tenaz, no ha servido para nada.

    Y ahora se halla el Rey ante el reto de contar a los españoles cómo ve el presente y el futuro de España. Y aquí un peligro: o se pasa o no llega. Lo probable, si atendemos a los antecedentes, es que no llegue, lo cual puede producir honda frustración entre los millones de ciudadanos que creen, de todos modos,  que el silencio de Su Majestad no puede interpretarse como complicidad con la errática y sectaria política de Zapatero. Éste tiene por seguro que todos los demás estamos equivocados, que él está llamado a la histórica misión de volver a España como un calcetín, porque la moda del siglo XXI la encarna sólo él. Ante esta estupidez, el Rey encarna precisamente lo contrario: la sensatez, el respeto institucional, la cuadratura de las válidas tradiciones. Eso es lo que se espera de él, por eso es tan importante su mensaje del jueves.  

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