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Durante 30 años no hemos hecho otra cosa que relajar, hasta las caricaturas actuales, los sistemas de selección de nuestros maestros y profesores, desde la enseñanza Primaria hasta la Universidad.
La situación en que hoy nos encontramos es la de una vieja nación corroída por sus principales fantasmas, el enchufismo, la endogamia, la cooptación, la anulación del mérito, incluso el odio al que destaca. Y si todo lo anterior, los vicios que tantas veces nos han conducido a la decadencia, son letales para la salud social y económica, en el ámbito de la enseñanza suponen simplemente su aniquilación. En este sentido, la decisión de derogar los últimos temarios socialistas, atravesados del pedagogismo funesto que se ha cargado la enseñanza es una medida esperanzadora.
Nuestro sistema exige una auténtica Nueva Planta, pues son sus fundamentos, su sangre, lo que está corrompido. El ministerio debe recuperar el reconocimiento del mérito. Esa debe ser su nueva sangre. El mérito entre los alumnos y entre los profesores. Oposiciones dignas de tal nombre y, además, nacionales. Sólo así se garantizará la igualdad en el acceso y el saber como razón. Y también sólo así tendremos alguna esperanza.
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