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    Nicolas Sarkozy
    Editorial

    Sarkozy, un realista incorrecto

    09 SEP 2010 | Editorial

    El presidente francés, Nicolas Sarkozy, está en el ojo del huracán. Sus polémicas decisiones en materia social –la expulsión de los gitanos rumanos y búlgaros– y económica –retraso de la edad e jubilación de 60 a 62 años– no sólo han puesto al país vecino en pie de guerra, sino que han levantado una oleada de críticas en todos los rincones del planeta.

  • Desde la ONU a El Vaticano pasando por la mayoría de países de la UE, donde a excepción de los populares europeos, los partidos políticos han arremetido con dureza contra la política de París por lo que consideran “una clara violación de la legislación europea y de los derechos humanos”.

    Pero Sarkozy se mantiene firme. El presidente galo es valiente y asegura que las protestas no frenarán unas medidas que considera justas y necesarias. Ahora, con una popularidad a la baja por la crisis económica y los recortes del Estado del bienestar, Sarkozy hace una demostración de realismo y coherencia con sus ideas y vuelve a jugar la carta de la seguridad y de la lucha contra la inmigración ilegal. La misma que impulsó su popularidad en 2005, al acabar con la revuelta de los suburbios de París y que, finalmente, acabó aupándolo al Elíseo. Una firmeza muy criticada por la izquierda, pero que para nosotros quisiéramos los españoles, que podemos encontrarnos con problemas similares o peores por la disparatada política de inmigración del Gobierno socialista, que ha llevado a España a convertirse en el país de la UE con mayor incremento de la inmigración.

    En la actualidad, la tasa de población extranjera de España es del 12,3% –el doble de la media europea– un auténtico disparate auspiciado por el efecto llamada de la errónea política inmigratoria de Jesús Caldera que, al calor del boom económico, permitió la entrada de más de tres millones de personas a las que ahora hay que dar trabajo y cobertura social. El problema es acuciante y habría que afrontarlo cuanto antes, porque en este espinoso asunto lo que sobra es demagogia y lo que falta es abordarlo, como Sarkozy, con una buena dosis de realismo.

    El mismo realismo que ha aplicado al retrasar la edad de jubilación de 60 a 62 años y que le ha costado una huelga general “muy respaldada por los trabajadores”, como reconocía el propio presidente. Claro que en Francia los sindicatos son otro cantar, no viven de los Presupuestos Generales del Estado y actúan con libertad en el ejercicio de sus derechos para luchar por lo que consideran justo, no como los paniaguados sindicatos españoles, a los que hacerle una huelga general a Zapatero les parece “una gran putada”. Es la diferencia entre la profesionalidad de los galos y el clientelismo político de UGT y CC OO.

    El sistema de pensiones galo, como el español, ha visto cómo el tiempo y el envejecimiento de la población han ido deteriorándolo hasta llegar a poner en peligro su solvencia. En 1985 Francia contaba con 2,5 cotizantes por cada pensionista, relación que hoy día se ha visto reducida a la de 1,5 a uno. Resultado: el déficit de la Seguridad Social gala es de 32.200 millones y podría alcanzar los 42.300 millones en 2018 si no se establecen medidas urgentes. El problema que ahora tiene Sarkozy es la gestión de su impopularidad, pero nadie le podrá reprochar que hace lo correcto aunque a muchos no les guste. Justo al revés que Zapatero, que no hace nada que pueda molestar a sus fieles pero al que sí se le puede reprochar haber llevado el país a la ruina moral, política y económica. Por desgracia, nuestro presidente está a años luz del francés. Y claro, así nos luce el pelo. 

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