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Surgen las peores pesadillas sobre un Egipto distanciado de EE UU y hostil a Israel.
Antonio R. Rubio Plo
Lo sucedido en los últimos días en Egipto recuerda a esas revoluciones que tienen en su infancia una imagen atractiva, la que combina el idealismo juvenil y las ansias de libertad frente a una tiranía. Por el contrario, lo que produce inquietud es el radicalismo de las fases sucesivas, tal y como nos enseña la Historia, cuando minorías bien organizadas y determinadas instauran regímenes totalitarios, en los que muchos de los rebeldes y manifestantes del pasado terminan en la cárcel o en manos de los verdugos. ¿Será este el caso de Egipto? Y es que el apego de americanos y europeos a la estabilidad política egipcia, a costa de la democracia que dicen defender, ha contribuido a esta desagradable situación. Los hechos han demostrado que el realismo en las relaciones internacionales no es exclusivo de los conservadores. Kissinger y Obama han demostrado tener algo en común. La revuelta ha nacido de la frustración social y política de muchos egipcios, en especial esa tercera parte de la población que en 30 años sólo ha conocido a Mubarak, y que están oprimidos por la pobreza, la corrupción y la falta de libertades.
Los manifestantes no tienen una cabeza visible. Hay gente de todas las clases sociales en el común empeño de expulsar a un presidente al que acusan de haberles robado la libertad y la dignidad. Es cierto que el sistema político es multipartidista, a diferencia de aquel partido único de la Unión Socialista Árabe de Nasser, mas la democracia no es sinónimo de profusión de facciones partidarias, sobre todo cuando un partido, el nacional democrático, monopoliza el terreno político, sin apenas dejar sitio entre él y los Hermanos Musulmanes, el grupo islamista más activo y mejor organizado, histórico enemigo de la desaparecida monarquía y de la actual república laica. Al igual que los bolcheviques en la Revolución rusa de febrero, los Hermanos tampoco han organizado el levantamiento, pero esperan sacar ventaja, tras tiempos de larga persecución. Han asistido como espectadores a los primeros acontecimientos, aunque no perderán la oportunidad de desempeñar un papel activo en los posteriores.
En unas elecciones realmente libres están convencidos de que tienen posibilidades de llegar al poder, y de paso intentarán convencer a los políticos occidentales de que no son ninguna “bestia negra”. Sin ir más lejos, han condenado los métodos de Al Qaeda, pero eso también lo han hecho los palestinos de Hamás. En la concertación de los partidos opositores contra el régimen, los Hermanos asumirán un papel destacado. Su principal activo son sus convicciones, basadas en un complejo de superioridad que afirma que la etapa histórica de la civilización occidental ha terminado. Las tensiones con los otros partidos, defensores de un Egipto laico y democrático, están servidas.
Mas la perspectiva de un Gobierno islamista en El Cairo, por muy democrática que fuera su legitimidad, y también lo fue la de Hamás en las elecciones palestinas, suscita las peores pesadillas sobre un Egipto distanciado de los EE UU y hostil a Israel. Todo un terremoto en el escenario geopolítico de Oriente Medio, capaz de despertar escalofríos en los gobernantes de Siria, Jordania y los Estados del Golfo. No menos inquietante es que el ministro de Exteriores iraní, Ali Akbar Salehi, valore las revueltas como un deseo de libertad de un pueblo que ha sido apartado de su identidad por las potencias extranjeras que apoyan al régimen sionista. Si el apoyo de Irán a Hamás y Hezbolá, intransigentes en su actitud hacia Israel, condiciona gravemente la solución del conflicto palestino-israelí, ¿qué no podría suceder si aparece en la escena un Egipto islamista?
Por otra parte, reducir los hechos a una rebelión contra la dictadura de Mubarak supone desconocer la naturaleza del régimen egipcio, en el que el verdadero poder lo tiene el Ejército desde la revolución de los oficiales libres en 1952, encabezada por el coronel Nasser, y que terminó con la monarquía de Faruk. Hace mucho tiempo alguien calificó a ese rey como el último faraón, aunque era un juicio errado, porque el régimen republicano que lo sustituyó también era de carácter autoritario y a sus presidentes se les ha considerado faraones. Los sucesores de Nasser, los presidentes Sadat y Mubarak, también procedían de las fuerzas armadas, lo que nos indica que aquel estudio clásico del sociólogo Abdel Malek, Egipto, sociedad militar, no está del todo desfasado casi medio siglo después de su publicación, aunque el futuro próximo no pasa por ahí. Y militares son el nuevo primer ministro, Ahmed Shafiq, y el vicepresidente, Omar Suleiman, jefe de los servicios secretos en las dos últimas décadas. Habrá que estar además atentos a los movimientos del general Sami Annam, jefe del Estado Mayor de las fuerzas armadas, y que regresó apresuradamente a Egipto, tras una visita oficial al Pentágono. Si repasamos la Historia, es fácil deducir que los militares no unirán su suerte a la de Mubarak y su partido. Tendrán que soltar lastre, aunque al mismo tiempo deberán manejar con sumo cuidado la transición porque ellos son la garantía de que una república laica no sea sustituida por una república islamista.
*Antonio R. Rubio Plo es analista político internacional.
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