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    Turismo alternativo

    30 AGO 2010 | Ignacio Peyro

    El vacuo seguirá siendo un vacuo aunque vaya al Yemen a buscar ‘experiencias extremas’

  • Michel de Montaigne se encerró en una torre, Unamuno volvió de París haciendo grandes alabanzas de la sierra de Gredos y Kant logró ser Kant sin alejarse cien millas de la estricta naturaleza de Königsberg. Valga esta prosapia para señalar que, de entre las muchas coartadas que existen para viajar, la de que viajar nos hace más sabios no resulta del todo sostenible. Con los viajes ocurre lo que decía Lichtenberg de los libros: un mono no puede mirar su reflejo en ellos y esperar ver a un apóstol. De la misma manera, el vacuo seguirá siendo un vacuo aunque vaya al Yemen a buscar experiencias extremas (como la decapitación ritual) o peregrine al Tíbet en pos de la autenticidad de aquellas buenas gentes, sólo para encontrarse, en el mejor de los casos, con que los monjes budistas le preguntan por Mourinho o, en el peor, con una diarrea agónicamente terminal a quinientos kilómetros del dispensario más cercano. En lo que respecta al viaje como terapia contra la cortedad de espíritu, todavía no hemos sabido de ningún miembro del PNV que pidiera la baja tras pasar la luna de miel en Honolulu.

    Como cada verano nos encontramos al que vuelve de China y resume en una frase –“China es sucia”– sus impresiones de una civilización de refinamiento milenario. Sin duda, es peor la especie de quien viaja por conocer otras culturas, como si los indios tungalunga tuvieran equivalentes sustantivos a minucias occidentales como la aspirina, la seguridad jurídica o la polifonía barroca, o como si estuvieran al mismo nivel la catedral de Burgos y la arquitectura universal del chozo. Curiosamente, la cultura parece no valer para nada salvo para darse pretensiones, como si uno no pudiera viajar con el benéfico pretexto de airearse. Luego ocurre que el turista alternativo huye de Occidente para redimirse abrazando al buen salvaje y el buen salvaje, naturalmente, le roba la cartera. Ah, dichosos aquéllos que vuelven a la tierra de sus padres.

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