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La realidad es más bonita que la mayoría de las obras de arte que hoy tratan de representarla.
Salta a los periódicos estos días la enésima polémica sobre una exposición blasfema en España, protegida en este caso por el Ayuntamiento de Madrid. Más allá de la evidente ofensa a los sentimientos religiosos, a lo que el consistorio ha respondido con una inaudita interpretación de la libertad de expresión, podemos alzar la vista sobre la polvareda para contemplar fríamente el objeto de tantas disputas. No es fácil, porque esto incluye obviar que sufrimos una plaga de artistas mediocres que están creciendo a sueldo del Estado, aupados por el único mérito de saber comerciar con el escándalo. Pero si lo logramos, al menos por un instante, descubriremos que lo más doloroso de toda esta bruma no es ya el carácter blasfemo de la obra, sino su estremecedora fealdad, su deliberado propósito provocador y antiartístico. Y eso, aunque para el diario El País, otrora cierta referencia cultural en España, se trate de “una bellísima foto”.
Con ella, el fotógrafo Sergio Parra trató de hacer una obra horrible y alborotadora, y es justo reconocer que lo ha conseguido. Él, como usted y como yo, sabía que si cumplía esas dos características, su exposición en varios museos españoles estaba asegurada, así como la posterior campaña mediática. Y todo, fruto de la ocurrente idea de ubicar una imagen del Cristo de Velázquez tapando unos genitales. Acertó. Como acertó el bufón Leo Bassi cuando decidió instalar su circo en España, en vez de probar suerte, por ejemplo, con su original espectáculo de ingesta pública de excrementos caninos, en Estados Unidos, en Polonia, o en Egipto, en donde también podría demostrar su habilidad para ridiculizar a todos aquellos que creen en algo más que en Leo Bassi.
Estupor, quizás. Pero también búsqueda de razones. No hemos llegado a este culto academicista a la monstruosidad de la noche a la mañana. En alguna sima del siglo pasado nos dejamos escondidas las pautas que rigen la creación artística, y aún nos duele la pérdida. Después vinieron los bombardeos de las vanguardias, la destrucción del arte, la pérdida de valores y, en fin, todo aquello que convirtió a la modernidad en un monstruo para la belleza. La niebla cubrió el cine, el arte, la literatura, el humor, la música, y todo lo que precisa de musas y genialidad, dejando a oscuras la habitación destinada a la búsqueda de la verdad, al ideal de lo bello, y a la visión trascendente del arte.
Ocurre con esta fotografía de Parra, autodenominada polémica, pero también con esas canciones de amor y melancolía que, de pronto, estallan en un exabrupto inesperado, causando extrañeza en el oyente y rompiendo el vínculo que le unía a los sentimientos del autor. Y sucede también con esas películas en las que los personajes exageran tanto sus rasgos, que se elevan por encima de la sala y vuelan lejos del espectador. Nada de esto impide que podamos disfrutar un rato frente a la pantalla, pero rara vez podrá impactarnos en el corazón aquello que observamos con desdén, como quien se asoma al estanque de los patos a contemplar su mundo. Divertido, tal vez, pero ajeno. Ajeno al hombre.
Hay un abismo entre la creación artística y la vida cotidiana. Un abismo en esas series de televisión cuya cuota de homosexuales quintuplica –como mínimo– la existente en la vida real. Un abismo en esas canciones que reducen los sentimientos de pareja a lo sexual, sin más, como si todo pudiera embridarse en esa rutina carnal e instintiva que compartimos con monos, cebras y –¿para qué ocultarlo siendo tan gráfico?– cerdos. Hay también un abismo entre esos relatos nihilistas y depresivos, de escritores atormentados, y las vidas de sus lectores, a menudo más duras, pero también más dulces, más desesperantes, pero también más esperanzadoras. Más creíbles.
La dictadura relativista, tantas veces denunciada por Benedicto XVI, invade lo moral pero también lo artístico, porque no es posible separar al hombre del hombre. Y así, en el corazón de muchos artistas se han difuminado las fronteras del buen gusto, los límites de la verdad, endureciendo su sensibilidad, clave para llevar a buen puerto su obra. Lo que les caracteriza hoy, ya sean músicos, pintores o escritores, es su incapacidad para domar y encauzar su propio genio creativo. Son capaces de lo peor y de lo mejor, sencillamente porque no saben distinguirlo. Creen que todo vale manoseando un poco el concepto de libertad. Su talento no es el pincel fino de los clásicos, sino el del genio cegado por el alcohol, incapaz de discernir lo bello de lo ordinario, lo inteligente de lo estúpido.
La realidad es más bonita que la mayoría de las obras de arte que hoy tratan de representarla. Y España está a la cabeza del comercio de esta basura artística. Es hora de denunciarlo. Seguir enfundándose las gafas de pasta para ensalzar con ínfulas intelectuales el culto supremo y axiomático a la voluntad del artista, sin examinar siquiera su obra, no aporta nada bueno a nuestra cultura. Ese empeño suicida sólo nos lleva a seguir hundiendo nuestro potencial artístico bajo tierra, lejos del corazón del hombre. Y, en fin, si nuestros genios van a continuar inevitablemente ese viaje por la autopista de la autodestrucción, al menos podríamos exigirles que se paguen ellos de su bolsillo los peajes.
*Itxu Díaz es periodista y escritor.
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1 Comentario
Oiga, es que por favor, llamar "obras de arte" a los bodrios que los sedicentes artistas - sean pintores, escultores, músicos, etc ... - "de vanguardia" excretan de su cacumen, es ofender la sensibilidad humana, incluso la de los hinchas "ultrasur" que son más bastos que una lija.
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