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Debió de traicionar el subconsciente a Zapatero cuando hablaba de la “tercera transición económica de España” en El país, que ni él mismo (optimista de nacimiento) puede creerse, porque lo que en realidad tiene en mente es la reescritura de la Transición política, mediante la cesión del Estado de derecho ante ETA.
Sólo así se explica que presuma de la negociación con la banda como uno de sus mayores aciertos políticos, una negociación que implicaba ofrecer la anexión de Navarra al País Vasco. “Ahí se sembró la solución definitiva” se jacta, lo cual es especialmente grave por un doble motivo: porque desvela que la hoja de ruta de Zapatero coincide con las aspiraciones de territorialidad de los pistoleros. Y en segundo lugar, porque es una forma de admitir que el proceso no ha terminado, más allá de parones tácticos, y que el líder socialista “nunca ha rectificado su política antiterrorista” como subraya Mayor Oreja. No es casual que, al propio tiempo la banda terrorista señale en un comunicado que “Euskal Herría está a las puertas de vivir un periodo de cambio, para poder recuperar su propia voz”.
En el perfil áulico del diario progubernamental, Zapatero remacha su intención de cubrir la distancia que le separa de 2012 (“Gana quien llega al final, no quien se queda por el camino”). Y lo hace confiando en algún tímido repunte positivo de la economía y en la foto de una nueva tregua. Pues bien, esta misma semana, la de los fastos del décimo aniversario, tenemos dos indicadores: el test de estrés económico que le ha permitido sacar pecho (“La situación es mala, pero ya no muy mala”); y el comunicado de ETA en el que llega a hablar de “deponer la amenaza de las armas”. Pero como todo en el zapaterismo son fuegos fatuos. El test no era tan estresante ni nos dejaba especialmente bien (cinco de las siete entidades suspendidas eran españolas). Y las señales que envían los asesinos se producen días después de que Rubalcaba haya premiado a presos etarras con 38 asesinatos a sus espaldas. Es la famosa política de gestos del lenguaje en morse que se hacen desde las dos orillas de la negociación. La conclusión que se desprende del terrible silogismo resulta inequívoca: la violencia es rentable. Llamarse Txelis o tener las manos manchadas de sangre con decenas de asesinatos tiene premio. Buscar la forma de cambiar la metralleta por el coche oficial surte efecto: un presidente del Gobierno les entrega en bandeja el anschluss con Navarra a cambio de pasar a la Historia como el Tony Blair español.
El precio era poner de rodillas al Estado de derecho: crear un órgano común vasco-navarro y una eurorregión con las siete provincias de Euskalherría a cambio de que los etarras dejaran las armas. Lo inquietante es que el programa, teóricamente en vía muerta, siga su curso bajo cuerda, y a través de mediadores internacionales. Que el infamante ten-con-ten no quedara sepultado bajo los cascotes de la T-4, sino que haya seguido posteriormente. Que se acumulen las pruebas de que el Gobierno no renuncia al guión (desde la excarcelación de Díez Usabiaga hasta los premios a presos etarras, pasando por el intento de echar tierra sobre la investigación del chivatazo del bar Faisán). Y que Zapatero venda ahora todo eso como uno de sus mayores activos y presuma de ello, riéndose de las víctimas de ETA y de todos los españoles. “Sólo un imbécil podría tragarse otra vez la enésima trampa de ETA” dijo ayer Antonio Basagoiti. Sólo un irresponsable y un traidor, podría alentarla.
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