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    Las 857 vidas que rompió ETA
    Terrorismo

    Las 857 vidas que rompió ETA

    09 FEB 2010 | Eva Costo

    En 2010 se cumplirá medio siglo desde que la banda iniciara su andadura criminal.

  • El aprovechamiento del terror ha sido prácticamente una constante en los políticos nacionalistas hasta nuestros días. La infame teoría del “ellos mueven el árbol, nosotros recogemos las nueces” ha estado siempre presente en la ambivalente visión de los nacionalistas que, por un lado, ponían una vela a Dios condenando los atentados, y por otro, al diablo tratando de sacar rédito político del miedo generado por esas mismas acciones criminales. Maestros en el arte del eufemismo, han adormecido conciencias empleando expresiones casi anodinas para nombrar todo lo relacionado con el terrorismo. Así, se denomina a ETA como “organización”, en lugar de banda terrorista; “comandos” en vez de cuadrillas; “acción armada” al asesinato; “violentos” en lugar de asesinos; y así un largo etcétera. Hablan de “pacificación” y cese de hostilidades “por ambas partes” poniendo en el mismo plano a un Estado democrático y a una banda de asesinos.

    Por fortuna, la sociedad vasca comienza a salir de ese inducido letargo y, si bien en ella han nacido los mayores cobardes y asesinos de la España contemporánea, también en ella han nacido los más valientes. Porque hay que ser muy valiente para vivir entre los asesinos y sus colaboradores y dar esos testimonios de auténtica heroicidad, como vemos a diario en tantos alcaldes, concejales y pueblo llano que, con riesgo de su vida, llaman a las cosas por su nombre y no callan ante las pistolas. Durante todo este tiempo, las víctimas de los crímenes etarras han pasado por muy diversas situaciones. De aquellos ignominiosos “algo habrá hecho” cuando asesinaban a algún policía o de los vergonzosos entierros casi a escondidas y a toda prisa, se ha pasado, afortunadamente, a una mayor consideración y muestras de afecto a las víctimas, al menos por parte de la ciudadanía.

    El asesinato de Miguel Ángel Blanco marcó un antes y un después en la manera en que la sociedad se enfrentó al terrorismo. El 10 de julio de 1997, el joven edil, vecino de la localidad de Ermua, fue secuestrado por ETA. La banda dio un ultimátum al Gobierno amenazando con matar al concejal si, en un plazo de 48 horas, no se producía el traslado al País Vasco de los presos etarras. La inevitable muerte del concejal se servía a cuentagotas, y la culminación en su asesinato causó un rechazo social sin precedentes. La sociedad tomó las calles de forma espontánea. Había nacido el espíritu de Ermua. Pero hasta ese momento, el respaldo de la ciudadanía a las víctimas de ETA había sido muy distinto.

    Un libro publicado recientemente hace justicia a los cientos de asesinados y a sus familiares, víctimas también como ellos de la vorágine terrorista. Vidas rotas, de Rogelio Alonso, Florencio Domínguez y Marcos García Rey, recoge las historias de las 857 víctimas del terrorismo etarra. El volumen, editado por Espasa, incluye los testimonios de los allegados y seres queridos, las identidades de los terroristas condenados por estas muertes, así como una breve reseña de la situación de la banda según el año.

    La primera víctima mortal de los etarras apenas contaba con 22 meses de edad. Ocurrió en San Sebastián, en 1960, cuando Begoña Urroz fue alcanzada por una bomba colocada en la estación de Amara. Durante mucho tiempo el asesinato de esta niña fue atribuido al anarquista Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación (DRIL). ETA nunca asumió la autoría. Sin embargo, el ex ministro Ernest Lluch Martín, tres meses antes de su asesinato y tras investigar aquel atentado, concluyó que Begoña Urroz había sido la primera víctima mortal de ETA.

    Con el atentado de Carrero Blanco el 20 de diciembre de 1973, ETA consiguió una proyección internacional y una fama sin precedentes, pero ocasionó en su seno una serie de escisiones: primero, el abandono del llamado frente obrero y, después, la ruptura entre dos ramas identificadas como ETA militar y ETA político-militar. En la historia de ETA, el año 1974 se caracterizó por dos hechos relevantes: el primero cuando la banda declaró objetivos legítimos a todos los miembros de los cuerpos de seguridad; el segundo, cuando cometió la primera masacre de civiles al colocar una bomba en la cafetería Rolando, situada en el número 4 de la calle Correo, en Madrid, causando la muerte de trece personas. ETA no quiso reconocer nunca la autoría de esta acción terrorista.

    Pero la masacre de la calle Correo no sería la última: el atentado contra un establecimiento de la cadena Hipercor en Barcelona causando 21 muertos -la mayor matanza de su historia- y contra la Comandancia de la Guardia Civil de Zaragoza, con 11 fallecidos, conmocionaron a la sociedad.

    La ofensiva etarra alcanzó su punto álgido en 1980, año en el que causó casi un centenar de víctimas mortales. En esta época llama especialmente la atención el asesinato de Ramón Baglietto el 12 de mayo, aunque la historia de este crimen se remonta 18 años atrás.

    En 1962, Baglietto se encontraba en la puerta de su tienda cuando se le acercó una señora con un niño en brazos y otro agarrado de la mano. Éste llevaba una pelota y, en un momento dado, se le escurrió de las manos, por lo que el niño salió corriendo tras ella. En ese momento venía un camión pesado y la madre, instintivamente, fue a proteger al chaval. Ramón no tuvo tiempo nada más que de quitarle al bebé que llevaba en brazos y de observar, con horror, cómo madre e hijo morían aplastados por el vehículo. El niño que quedó en sus brazos, a quien él salvó la vida, fue precisamente quien, 18 años después, le encajó un tiro en la sien.

    Hubo que esperar al 11 de septiembre de 2001 para ver cómo muchos Gobiernos cambiaban su actitud con respecto al terrorismo. La tolerancia que había existido hasta entonces con grupos locales como ETA desapareció de la noche a la mañana. La banda siguió con su actividad como de costumbre, sin tener en cuenta los cambios que se habían producido en la esfera internacional. Y aunque ETA se encuentra, actualmente, en una situación muy dañada debido a la intensidad de la presión policial, lo cierto es que los asesinatos siguen sumándose a esa larga y oscura lista de víctimas.

    857 es una cifra espeluznante que no conviene ser olvidada. Como decía la escritora Susan Sontag: “Debemos permitir que las imágenes atroces nos persigan” con el fin de derribar los eufemismos que impregnan el lenguaje justificador de la barbarie terrorista. El libro Vidas rotas tampoco olvida.

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