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Alfonso Bullón de Mendoza, catedrático de Historia Contemporánea, responde a LA GACETA.
Madrid. Al catedrático de Historia Contemporánea, director del Instituto CEU de Estudios Históricos y rector honorario de las universidades San Pablo CEU y Cardenal Herrera le ha parecido “un notición” el conjunto de nuevos datos sobre las horas finales, la muerte y la sepultura de Lorca que ha aportado este periódico. Y le parece francamente desacertada la política de división que el Gobierno está abanderando con la excusa de ese oxímoron llamado “memoria histórica”, que cursa con maniqueísmo y manipulación, en las antípodas del espíritu de concordia que presidió la Transición.
-¿Cree que la información publicada por LA GACETA zanja de una vez el enigma del asesinato y la sepultura de Lorca?
-La fuente informativa de La Gaceta resulta especialmente novedosa en lo que atañe a los últimos momentos de la vida de Lorca y al lugar de su ejecución. Se basa en una investigación con visos de verosimilitud, que podría confirmarse con nuevos datos.
-¿Aboga entonces por una nueva excavación?
-No hace falta. Actualmente existen escáneres que te permiten tener una confirmación de si en una zona hay o no enterramientos. Otra cosa sería tratar de averiguar quién está enterrado, pero para una primera aproximación, vale.
-¿Y usted sería partidario de seguir removiendo el asunto?
-Por un lado está la exhumación del cuerpo de Lorca, que es algo que compete a su familia exclusivamente. Por otro lado, los datos que aporta La Gaceta suponen un avance histórico y servirían para redirigir la investigación y comprobar dónde están enterrados los restos del poeta.
-¿Cómo justifica Ian Gibson que Lorca fuera amigo y refugiado de falangistas?
-Gibson, en 2007, publicó El hombre que denunció a García Lorca, y es un estudio sobre Ramón Ruiz Alonso que recoge los testimonios de la familia Rosales. Él plantea un Lorca defendido por los Rosales y un Ruiz Alonso como el hombre que se presenta a detenerlo y firma la denuncia contra el poeta. En eso coincide con la versión de La Gaceta.
-Pero Gibson ha trabajado también con el mito que hace de Lorca el republicano ideal, un frentepopulista convencido que no casa con sus contactos con Falange...
-Es que hay unas relaciones personales. Independientemente de la ideología, Lorca y Luis Rosales siempre tuvieron una excelente relación, y de hecho Rosales lo consideró siempre su maestro. Y en vez de mirar hacia otro lado, siendo falangistas como eran, lo acogen desde el primer momento. En cuanto a sus vinculaciones frentepopulistas, ciertamente a partir del triunfo del Frente Popular la firma de Lorca va a apareciendo mucho en manifiestos, y es muy jaleado por la prensa granadina de izquierdas a su llegada a Granada. En los últimos meses, él hace declaraciones en las que afirma que el arte por el arte ya no vale, que es preciso el compromiso del artista. Ahora bien, Lorca, desde un punto de vista social y vivencial, tiene que ver muy poco con los modos frentepopulistas: es un hombre exquisito, refinado, que canta a unas masas populares idealizadas que no se corresponden con las reales.
-¿Qué papel juega el sentimiento religioso en los últimos momentos de Lorca, después de que La Gaceta revelase su confesión final?
-Es algo que ocurre con bastantes personajes del Frente Popular. Cuando llega la hora de la muerte, se replantean muchas cosas. Le ocurrió también al propio Azaña. La cercanía de la muerte te hace volver a pensar en cosas en las que quizá hacía mucho que no pensabas, y Lorca no fue una excepción.
-¿Es necesaria una política estatal de apertura de fosas, como establece la Ley de Memoria Histórica?
-Es un tema muy personal, reservado a lo que cada familia quiera hacer con sus muertos. Que desde el Gobierno se esté promoviendo una política de memoria histórica que implica además una visión sesgada de la historia, es algo que me parece lamentable. Hace cinco o seis años, en Francia, ante el hecho de que el Gobierno de Chirac se arrogaba el esclarecimiento del pasado colonial francés, una fuerte reacción de prestigiosos historiadores –Chandernagor, Bembassa, Pierre Vidal-Naquet, Pierre Nora y Marc Ferro– firmó un manifiesto titulado Libertad para la historia, que rechaza que sean las instituciones políticas las que estén llamadas a darnos una visión de nuestro pasado, aunque tengan la mejores intenciones posibles, porque sus razones nunca serán las razones de la historia. Y hace poco hubo una declaración de la Asamblea Nacional francesa reconociendo que no es a ella a quien compete meterse en temas políticos. En España hemos aprendido muy poco del caso francés.
-Y ahora que la familia de Lorca tiene más pistas para encontrar el cuerpo de su antepasado, ¿debería impulsar la excavación en el barranco de Víznar o haría bien en mantener su argumento, según el cual la memoria de Lorca está viva en su obra?
-Es una decisión familiar. Que hagan lo que les dé la gana, como les dé la gana y por lo que les dé la gana.
-¿Actúa el Gobierno de forma irresponsable al conceder subvenciones exclusivamente a asociaciones vinculadas al bando republicano, algo a lo que ni siquiera se atrevieron los Gobiernos de Felipe González?
-Es muy lamentable pensar que se puede apoyar a un solo bando. Asesinados los hubo en ambos. Es cierto que gran parte de los asesinados del bando nacional fueron recuperados tras la guerra, pero sigue habiendo fosas. En Toledo están excavando en una fosa llena de víctimas de los republicanos y tienen graves problemas de financiación. Cualquier iniciativa de este tipo promovida por los parientes debe ser apoyada, de cualquier bando. Lo que no tiene sentido es hacer diferenciaciones entre unos y otros.
-¿España aún no ha cerrado la herida de la Guerra Civil?
-Yo creo que estaba bastante cerrada gracias a la Transición. Los que hablan de cierre en falso son los políticos. Los historiadores investigaremos lo que nos dé la gana, no nos van a decir los políticos lo que tenemos que investigar. Sobre la Guerra Civil se ha investigado siempre, con más facilidad desde hace 30 años, pero ya se escribían libros durante la guerra y en la posguerra sobre la propia contienda. Lo que ha cambiado son las políticas de Estado. La postura en la Transición fue la más razonable: se acordó que el deplorable suceso de la guerra había que olvidarlo para poder construir un futuro. Pero ahora llega este Gobierno y plantea que los buenos fueron unos y los malos fueron otros y que esto hay que imbuirlo con claridad en todas las mentes. Pero ningún Gobierno es quién para legislarlo.
-¿Qué juicio ha formado usted acerca de la versión de Gibson?
-Gibson no es un historiador profesional, pero hay muchos historiadores no profesionales con obras notables como Antonio Pirala, que está considerado el mejor historiador decimonónico del carlismo. Gibson se ha preocupado de localizar fuentes sobre los temas que estudia y tiene algunas obras documentadas e interesantes. Dicho lo cual, tiene un enfoque muy personal de la historia y además trabaja mucho con la fuente oral, lo cual es muy peligroso por muchas razones: porque cambia con el tiempo, porque no deja constancia, porque el mismo que te cuenta la historia la puede estar modificando o puede darse a sí mismo un protagonismo ficticio y se inventa la historia. Si se confirma todo lo que ha revelado La Gaceta, queda al descubierto el punto más flaco de Gibson, que es el del enterramiento. Gibson se basa en el testimonio de un señor que cuenta que lo ha enterrado él, pero eso puede ser verdad o mentira porque al señor le apetezca ser el protagonista y se inventa la historia. Mejor tener fuentes orales que nada, pero las fuentes orales hay que contrastarlas. Hace poco ha publicado Gabriel Pozo un libro en el que recoge las opiniones de la actriz Emma Penella, que es la hija de Ruiz Alonso y que tira balones fuera con respecto a la actuación de su padre, o más bien, dice que es el hermano mayor de los Rosales quien delata a Lorca revelando su presencia a Ruiz Alonso. Lo que está claro es cada cual cuenta la historia como quiere. Pero lo que cuentan los Rosales está en línea con lo que revela La Gaceta y con las declaraciones que ya recogió de primera mano Penón en sus investigaciones de los años 50. Las conclusiones a las que llega Gibson son razonables cuando reproduce testimonios orales contrastados, pero cuando no los contrastas te puedes columpiar mucho.
-¿Es la exhumación de Lorca un símbolo de reconciliación nacional, como pretende Gibson?
-El asesinato de Lorca es una de las desgracias acontecidas en la guerra, pero el espíritu constitucional suponía un claro sentimiento de reconciliación. No hay que olvidar tampoco la ley de amnistía. Por cierto, ya hubo una ley de amnistía con Franco. No era una amnistía total, pero tampoco beneficiaba a los mandos franquistas –a los que nadie pensaba exigirles responsabilidades–, sino que beneficiaba a los frentepopulistas. Se hizo después de la ejecución de Grimau. Y cuando Carrillo vuelve a España en los años 30 y se le detiene, no se le acusa de nada porque el propio régimen de Franco había indultado todos esos crímenes. Pero ahora vemos la postura absurda del juez Garzón, que dice que las leyes de amnistía no valen y hay que pedir responsabilidades; sin embargo, en su auto sólo pide responsabilidades al bando franquista, porque argumenta que las responsabilidades de los republicanos –por ejemplo, las de Paracuellos– ya las habría depurado Franco. Curioso: si usted no considera válida la ley de amnistía para unos, tampoco puede considerarla válida para los otros. Toda la política de memoria histórica del Gobierno es muy desacertada. Abre heridas que estaban dormidas y no se gana nada abriéndolas, porque para el avance de la historia ya están los historiadores, y a los historiadores nadie nos dice lo que tenemos que investigar y cómo. Que haya gente que quiera buscar a los suyos siempre me parecerá bien, pero no las iniciativas de Estado empeñadas en darnos una determinada visión de la Guerra Civil, y además juzgándola desde parámetro de hoy, que no tiene ningún sentido.
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