“Es muy propio de este país jactarse de no haber leído el ‘Ulises’ de Joyce”
12:32 (21-03-2010) | 0
El escritor Enrique Vila-Matas homenajea el libro de “uno de los tres grandes artistas del siglo XX”. Narra la historia de un editor que va a Dublín para celebrar un funeral por el fin de la imprenta.
Madrid.- Es importante aclarar dos asuntos. Uno: el protagonista de la novela no es Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), aunque ambos sean fanáticos de James Joyce y se hayan muerto de vergüenza por un incontrolado ataque de bostezos en una cena con Paul Auster. Y dos: aunque Samuel Riba sea editor, no es Jorge Herralde, al que dejó después de 16 libros y 25 años para irse a Seix-Barral y publicar Dublinesca, nombre tomado de un poema de Philip Larkin. Dicho esto, adelante con la sesión.
“Sonría, que si no parece enfadado”, le sugiere Borja, el fotógrafo. Le ha faltado decir “al pajarito”. Él, educado, desprecinta los labios. ¡Flash! Un fogonazo le golpea la cara, rebota en la lámpara y se fuga por la izquierda dejando una estela. Vila-Matas ni pestañea. Le pega más la pose de detective salvaje sacado de una novela de Roberto Bolaño. Cejas arqueadas en círculo perfecto con sus ojeras. El blanco perfecto para unas pupilas sin diana. No se deja pinchar. Las entrevistas son indiscretas, violan. ¿Algo que esconder?
“A veces los periodistas confunden realidad y ficción. Éste es un viaje mental, como el realismo interior de Monterroso”, asegura. Así que Riba no existe. De acuerdo. Sin embargo, hay algo que intriga. Cuando se le pregunta por rasgos de su personalidad, responde: “Es todo lo que sé sobre él en este aspecto”, como si le hubiera espiado cual vecino del quinto, como si no le hubiera parido él, en 300 páginas.
También desconcierta la falta de apego hacia su antihéroe, cuando la pesadilla que origina el viaje mortuorio es la misma que él tuvo en un hospital. “Soñé que estaba en Dublín, en la puerta de un pub, llorando después de haber vuelto a beber y abrazado a mi mujer”. Revelador. Sin embargo, es lógico que resulte irritante que le mezclen la literatura con episodios personales. No se deben mezclar churras con merinas. Y Riba no encaja con Vila-Matas.
Samuel Riba es un famoso editor obsesionado con la fugacidad del tiempo (a sus 60 años acaba de jubilarse), con los miércoles (día en que ve a sus padres), el amor que peligra (su mujer se ha hecho budista), y la vejez (se sabe viejo porque sólo le piropea la transexual de la pastelería de su barrio).
Desde que dejó el alcohol, su vida transcurre frente al ordenador cual hikikomori, uno de esos “misántropos japoneses”. Bebe agua como antes whisky: de un trago. Su meta ahora es celebrar un funeral por la era de la imprenta en Dublín con tres amigos, encarnando al mismísimo Bloom del Ulises de James Joyce en el entierro de Paddy Dignam.
Emprenden el viaje el 15 de junio de 2008, igual que hiciera el propio Vila-Matas para celebrar el Bloomsday y fundar la orden de Finnegans. “Me enteré de que Eduardo Lago y Malcolm Otero Barral acudían desde hacía tres años y, coincidiendo con que Antonio y Jordi Soler habían acudido al Cervantes, viajé hasta allí y formamos la orden. Su nombre viene dado por un pub de Dalkdey, donde nos reunimos los 16 de junio por la tarde después de visitar la torre Martello. Nuestro primer estatuto es la adoración total a Joyce. Este año incorporaremos a Luis Buñuel como miembro de honor, porque nuestra orden se parece mucho a la de Toledo”, explica.
-¿Es un clan cerrado?
-No. El año pasado nombramos caballero a Garriga Vela, y éste, a Andreu Jauma. Garriga Vela ya le ha puesto sobre aviso: “son buenos tipos, pero están locos por expulsar a alguien”. En los estatutos casi todo son infracciones.
-No me asuste...
-A Andreu Jauma le invitamos por email, pero nos pusimos nerviosos y le echamos precipitadamente. Él aceptó encantado sin saber que estaba expulsado. (Risas)
-Riba se lamenta de que la gente se jacte de no haber leído el ‘Ulises’.
-Esto es algo castizo, propio del país en el que estamos. Ulises es la obra de uno de los tres grandes artistas del siglo XX.
Joyce bien pudo ser el brillante escritor que el acabado editor nunca descubrió, algo que le atormenta. Es el “mal del autor”. Una “hidra íntima” que le trepa y le trepana el seso. Se ha convertido en un Spiderman de mirada perturbada, el personaje en el que se inspiró para crearlo. “Un loco” de esos que salen de casa con el pijama bajo la gabardina para comprar una bolsa de picatostes. Es su atuendo de supermercado. ¿Qué hay de malo? Otros se ponen bolsas en la cabeza en cuanto cae una gota. Y en la novela no para. Llueve y llueve, como en la Balada de otoño de Serrat. En este caso, según Vila-Matas, sonaría Walk on the wild side, la canción que escuchaba al escribir porque le “evoca Nueva York, un barrido por la calle, un día de lluvia...”. “¿Que si he conocido editores tan leídos como él? Sí. Jorge Herralde, Herminio Monteiro, Cristián Bourgois...”, aclara.
Ni el viaje a Dublín ni el funeral bastan para darle aliento. La vida, dice el protagonista, son tres cosas: “Budismo, alcohol y desconocimiento”. Vila-Matas aclara: “Un hombre sabio es aquel que monotoniza la realidad. Flaubert se acercó a la realidad cuando más aburrida es y la elevó con el arte”. Exactamente lo que hace Riba. Cuando Celia, su mujer, le anuncia que va a calentar las patatas gratinadas con bechamel, a él le viene a la cabeza una cita de Jules Renald: “Una joven de Londres dejó el otro día esta carta: “Voy a suicidarme. La comida de papá está en el horno”.
El pobre editor ha perdido la cabeza. El escritor barcelonés ha disfrutado zarandeándole. “En el fondo todo es paródico: el fin del mundo, el de la imprenta. El hombre ha creído siempre que con su generación acababa un mundo. Siempre me han gustado autores como Joshep Roth y su caída del imperio austrohúngaro”.
Desdichado Riba, peleándose con la lluvia, sus padres, su mujer budista, la transexual que le hace ojitos y hasta con su gabardina. Y Vila-Matas, mientras tanto, riendo...desde la oscuridad.
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