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    El autor de Inocente, el abogado y escritor Scott Turow. /Jesús Maqueda.

    “No estoy seguro de que lo que hacen los abogados, justifique el dinero que ganan”

    23 ENE 2011

    Scott Turow, abogado y escritor, es el autor de Presunto Inocente, novela que Alan J. Pakula llevó al cine con Harrison Ford en el papel del fiscal Rusty Sabich. Ahora Turow vuelve con Inocente, en la que Rusty Sabich vuelve a ser acusado de un nuevo asesinato.

  • Jesús Maqueda

    Entrado en la cuarentena, pero todavía en edad de vestir las ropas y meterse en las vidas de Indiana Jones o el aventurero espacial Han Solo, Harrison Ford encarnó al fiscal Rusty Sabich en Presunto inocente. Dirigida por Alan J. Pakula, la película se basaba en la novela homónima del abogado y escritor Scott Turow. En aquella ocasión, el atractivo protagonista era acusado de un crimen. En su obsesiva búsqueda de la verdad, el fiscal Tommy Molto rayaba la ilegalidad. Chocaba al final, sin embargo, con el abogado defensor Sandy Stern, interpretado en la cinta por Raúl Juliá. Sus argumentos terminaban por convencer al jurado, toda una institución en el sistema judicial estadounidense, y el acusado era declarado inocente.

    Veinte años y varias novelas después, Rusty Sabich, convertido en presidente del Tribunal de Apelaciones, y candidato al Tribunal Supremo, es acusado de un nuevo asesinato. Este es el tema principal de Inocente, última y espléndida novela de Scott Turow, personaje que alterna la literatura con la abogacía. Conoce bien, por tanto, los resortes para construir una excelente trama literaria. Y los entresijos de la justicia de su país. No en vano lleva varias décadas siendo parte de ella. Ha sido fiscal muchos años. Hoy es abogado penalista, socio de uno de los bufetes más importantes de Chicago, ciudad donde nació hace sesenta y un años.

    Turow es un hombre tranquilo y comedido. Nada que ver con los letrados vehementes que se esfuerzan por convencer al jurado de la inocencia o culpabilidad del acusado, desde sus papeles de defensor o fiscal. No es hombre de gran estatura física, pero tiene una enorme talla moral. Antes de licenciarse en Derecho por la prestigiosa Escuela de Leyes de Harvard, fue profesor de Escritura Creativa. En su vida posterior le ha sido imposible disociar ambas actividades. Sus libros, traducidos a varias lenguas, se venden por millones, y él se siente muy cómodo en su papel de escritor cotizado y reconocido. Tanto como en los tribunales, donde cada día se apasiona como la primera vez que pisó uno. En ellos descubre nuevas cosas sobre la condición humana, y datos y pistas que utiliza luego en sus novelas. Éstas funcionan con la precisión de un reloj suizo, dando múltiples satisfacciones a él y a sus lectores.

    Además de Presunto inocente, otros libros suyos, como Errores reversibles y El peso de la prueba, han sido llevados a la pantalla. Esos y otros libros, suyos y de otros autores, han originado un género cinematográfico que ha dado títulos magistrales. Doce hombres sin piedad, Anatomía de un asesinato y Testigo de cargo tienen ya la categoría de clásicos. Veredicto final, La tapadera, Michael Clayton o Legítima defensa, por citar sólo algunos, llevan camino de serlo.


    - ¿Cómo se ve la vida a los sesenta años?

    - Muy distinta de como se ve a los veinte. Ni mejor ni peor que a esa edad. Y al menos tienes la ilusión de comprender mejor a la gente, las instituciones, la política, el amor...

    - ¿Qué tiene de especial la justicia estadounidense?

    - Es muy diferente de la española. Por el papel del jurado sobre todo. Con él se introduce en el sistema un elemento democrático y otro de ignorancia, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva.

    - Usted la conoce muy bien. ¿Le gusta cómo funciona?

    - Hay muchas cosas que no funcionan bien. La justicia no es la misma para los ricos que para los pobres. Incluso para los ricos es cara. En las últimas décadas hemos tenido también un Tribunal Supremo muy conservador, con algunas de cuyas normas no estoy de acuerdo en absoluto. La peor de ellas, que los particulares puedan contribuir con aportaciones económicas a las campañas políticas como parte de la libertad de expresión. Eso ha introducido una especie de soborno aparente, e incluso real, en nuestro sistema jurídico.

    - Los abogados tienen fama de ganar mucho dinero en su país. ¿En su caso, escribe para ganar más dinero todavía?

    - No sería justo si me quejara de la venta de mis libros. Hace años me sorprendió que uno de mis amigos, abogado de gran éxito, ganase más que yo como escritor. No estoy seguro de que lo que hacen los abogados, en especial los más prestigiosos, justifique la enorme cantidad de dinero que ganan.

    - ¿El cuerpo de abogados penalistas, al que usted pertenece, es un 'nido de serpientes'?

    - Eso piensa el fiscal Tommy Molto. Lo cierto es que son un grupo muy diverso. La mayor parte de los que ejercen la abogacía en los tribunales federales, han sido antes fiscales federales. En esos casos suelen ser éticos. No así en los tribunales estatales, donde las cosas son distintas. En estos, la actitud más generalizada es que todo vale para liberar a tu cliente.

    - ¿Un juicio tiene algo que ver con una pelea de perros?

    - Sin duda. Cuando era fiscal, uno de los abogados me dijo: “No te engañes a ti mismo, todo juicio es una pelea de perros. Al margen de cómo te caiga el abogado defensor, cuando entras en la sala debes tirarte a su yugular”.

    - ¿Y con una partida de ajedrez?

    - Eso es lo más fascinante de los juicios. Podrían compararse con una partida de ajedrez si uno pudiera mover las piezas a su antojo. Pero es imposible saber dónde van a ir. Por más veces que preguntes lo mismo a los testigos, siempre entienden algo distinto. Es imposible prepararse para todo. Una de las cosas que he intentado reflejar en la novela, es hasta qué punto los fiscales están absortos en su proceso mental. Tanto que muchas veces llegan a ser prisioneros de sus hipótesis y suposiciones.

    - Goldstein, presidente del Tribunal Supremo en la novela, estaba llamado para la vida pública por su “apasionada fe en la humanidad y por creer que en cada alma habitaba el bien” ¿Piensa lo mismo que él?

    - El mundo sería maravilloso si fuera así. Pero esa manera de pensar es más propia de generaciones pasadas. Quienes llegaron a la mayoría de edad durante la Gran Depresión sí sentían así la vida. Nuestra visión de la naturaleza humana es más compleja, y es raro encontrar esa actitud entre la gente que ejerce la función pública.

    - ¿A los jueces se les exige que sean superhombres?

    - Lo que espera la población, incluyendo a los miembros de la carrera judicial, es que los jueces se comporten lo mejor posible, no que sean seres superiores. Comportarse mejor de como lo harían si no fuesen jueces. Cuando juego al golf con alguno de ellos, a los que cuento además entre mis amigos, la conversación nunca es distendida. Sienten el peso de la toga aunque no la lleven puesta.

    - ¿Cómo consigue que algo tan aparentemente árido como la justicia resulte ameno para sus lectores?

    - No creo que sea mérito mío. Cuando era supervisor de la Oficina del Fiscal Federal, observaba con atención a los fiscales más jóvenes en los tribunales. Me absorbía lo que ocurría en la sala, las descripciones de los testigos sobre todo. Tanto que tardaba horas en volver a mi despacho. El drama es inherente a la propia ley. Hay momentos muy aburridos, es verdad. Pero no hay casi nada en la vida que sea tan emocionante como esperar que un jurado pronuncie su veredicto.

    - Usted y otros autores como John Grisham o Tom Clancy, venden millones de libros, muchos de los cuales son llevados al cine. ¿Les consideran intrusos otros escritores que se consideran de 'calidad'?

    - No sé cómo se sienten o piensan los colegas que ha citado. Por lo que a mí respecta, no creo que en este momento de mi carrera como escritor sea considerado un intruso. Inocente fue portada en la crítica literaria de The New York Times Review. Por ese y otros motivos, intuyo que hay cierta aceptación de mi obra por parte del público y los críticos.

    - ¿'Inocente', su última novela, podría narrarla un culpable?

    - En términos generales diría que sí, aunque durante la mayor parte el lector no está seguro de nada. Entrar en discusiones sobre este aspecto y tratar de descubrir cuál es la diferencia, cambiaría las cosas al final.

    - Su novela avanza gracias a la tensión entre distintas parejas: mujer-marido, padre-hijo, abogado-fiscal... ¿Una 'relación perfecta' entre dos personas es aquella que no se hace realidad?

    - No creo que ninguna relación sea perfecta, al menos en el terreno amoroso. Ocurren muchas cosas cuando uno está con otro. Deseas que te admiren, y quieres identificarte con la otra persona, pero a veces llegan momentos de decepción. Existen las buenas relaciones, no las perfectas.

    - ¿La esperanza es lo esencial de la vida?

    - Es algo en lo que pienso a menudo. Sin esperanza no hay deseo por descubrir lo que nos deparará el futuro. Sin esperanza no hay manera de soportar el dolor. Sin esperanza, en definitiva, la vida sería muy difícil.

    - ¿En la justicia vale todo si al final es la verdad lo que resplandece?

    - Ni vale todo, ni todo se da por bien empleado. El sistema o la ley valoran tanto el proceso como el resultado. En nuestra Constitución, sería inconstitucional que alguien consiga lo que quería sin seguirel proceso adecuado. Es el caso de los detenidos de Guantánamo. Algunos de ellos tenían intención de hacer daño a Estados Unidos, pero el Tribunal Supremo dijo que tenían derecho a un juicio justo.

    - ¿No cree que más que la búsqueda de la verdad, interesa que salga un culpable cuanto antes para cerrar el caso y marcharse a casa?

    - Para bien o para mal, el sistema funciona bajo el supuesto de que la verdad surgirá entre dos contrincantes cuyo principal objetivo es ganar. Es fácil imaginar que a veces la verdad sólo es una gran mentira.

    - ¿Es corriente que a un fiscal le asalten las dudas, o el sentimiento de culpa, por la posible inocencia de un acusado?

    - Cuando un acusado es declarado culpable, es muy posible que el fiscal sienta lástima. Sin embargo, si se pone en duda su culpabilidad, debe ser liberado. He sido fiscal, uno de los rivales del acusado. Pero el hecho de que esa persona que yo conocía a través de investigaciones tuviera que ser enviada a la cárcel, resultaba incómodo para mí. Nunca me han gustado las sentencias, observar el castigo.

    - ¿Se siente bien cuando triunfa, o se siente incómodo como el fiscal Tommy Molto?

    - Molto tiene una relación muy interesante con Rusty. Fueron colegas, incluso amigos. Y ahora, cuando Rusty Sabich está en el banquillo de los acusados, entran en juego otras emociones y sentimientos. Debido a que lo admiraba y envidiaba, hay momentos en los que también tiene dudas.

    - ¿Qué suponen los sonidos y silencios en un juicio?

    - Depende de dónde provengan. Cuando un testigo no sabe responder una pregunta, significa a menudo admitir algo. El silencio en una sala, revela la importancia de una prueba en concreto. Cabe preguntarse, no obstante, qué resulta más terrible. Si hay mucho ruido no se puede trabajar. El juez golpeará entonces con su mazo y exigirá silencio. Si no se le hace caso, ordenará desalojar la sala.

    - ¿Cuál es su opinión sobre la pena de muerte?

    - Estoy en contra de ella, sin dudarlo un instante. No creo que la ley sea nunca capaz de administrarla con justicia. Requeriría un esfuerzo enorme que así fuera, y lo que ganaríamos al fin sería muy poco.

    - Los juicios han dado lugar a un género cinematográfico. ¿Cuál es su título favorito?

    - Witness for the prosecution, de Billy Wilder. En España se tituló Testigo de cargo. La protagonizaban, entre otros, Charles Laughton, que está soberbio en su papel, Tyrone Power y Marlene Dietrich. También me gusta mucho Anatomía de un asesinato, dirigida por Otto Preminger y protagonizada por James Stewart.

    - ¿Le han comprado los derechos de 'Inocente' para llevarla al cine?

    - Todavía no. Ha habido conversaciones, pero sin acuerdo. Ahora hay un nueva propuesta sobre la mesa, pero comprenderá que no pueda decirle nada.

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