Tiene glamour, título universitario, saber estar, tipazo y una familia feliz y sin escándalos. A pesar del anillo de compromiso, la futura reina de Inglaterra -rayo de luz en una monarquía oscura- ha sabido librarse de la sombra de Diana y sanear las arcas con una boda que acogerá a un millón de visitantes. Un romance abrupto con final de cuento de hadas.
Eva Reuss
Como la casa de los enanitos cuando Blancanieves quedó hibernada. Así de triste y cabizbajo quedó el pueblo inglés cuando Diana de Gales murió en un accidente con el tórax destrozado. La princesa del pueblo no caía bien a todos, pero no sólo llenó las portadas de revistas y periódicos de Inglaterra durante años; también trajo juventud, sonrisas y muchísimo glamour a un reino apolillado de royals aburridos y poco agraciados. La plebe adoraba a su reina de corazones y parece que también querrá a la futura reina de Inglaterra, aunque con notables diferencias a su favor.
Después de decenas de escándalos y divorcios -el de la princesa Ana, el del príncipe Andrew (ahora implicado en un nuevo escándalo con tintes pederastas), el menage à trois de Camilla, Carlos y Diana, las dietas milagrosas y cuentos chinos que ha vendido Sarah Ferguson para seguir llevando un ritmo que ya no puede permitirse- la historia parece repetirse. Otra chica muy guapa, risueña, de perfecta figura y más culta que Diana acaba de pasar el primer examen con notable alto tras su compromiso oficial. Ante más de 1.000 personas ha presidido la botadura de un barco en Anglesey perfectamente vestida, sin parar de bromear, sonreír y saber estar.
Es evidente que se casa muy enamorada y que sabe lo difícil que es ganarse una sólida reputación real y lo facilísimo que es perderla. Juega, además, con algunas ventajas importantes y estratégicas respecto a la ex princesa de Gales: ha estudiado en la universidad más prestigiosa de Inglaterra donde, al igual que su prometido, se graduó con matrícula de honor en Geografía e Historia del Arte. Buena simetría. No procede de la realeza ni la aristocracia, pero sí de una familia muy unida en la que William ha encontrado un hogar que no tenía desde que hubo de superar dos terribles traumas: el divorcio de sus padres y la trágica muerte de su madre, a los 15 años.
En Bucklebury, pueblo donde residen los Middleton, el príncipe ha confesado encontrar un “calor acogedor” que echaba de menos. Una familia normal que, cacito a cacito, ha expandido una empresa de artículos para fiestas infantiles que les ha hecho millonarios. Millonarios, pero no horteras ni nuevos ricos.
Su madre, Carole, es una mujer sencilla que adora el campo, como su marido. Tiene mucho estilo e iba en vaqueros el día que se anunció el compromiso oficial. Se viste en tiendas caras londinenses como Jigsaw, Whistles, Kew, Issa, Bruce Oldfield, Kew o Diane von Furstemberg, pero nunca de ropa ostentosa ni llamativa. Pippa, su hermana pequeña, es tan guapa y tiene el mismo aire que Kate. Como a la futura princesa de Inglaterra y a los ingleses en general, le fallan los tocados y sombreros, que suelen ser cursis o anticuados. Será la dama de honor y acaba de aparecer imponente en todas las revistas en la boda de su amiga lady Percy, que se casaba en Alnwick y celebraba el banquete en el ya mítico Hogwarts de Harry Potter.
Era su prueba dorada para la royal wedding y allí coincidió con Chelsy Davy, la traviesa novia del príncipe Harry que -por el contrario- no gusta un pelo a los ingleses y comparte con el hijo menor del príncipe Carlos su afición por la bebida. Los Middleton son, en fin, una familia normal; no así la de la princesa Diana, llena de separaciones, madrastras y un hermano mezquino -lord Spencer- que va por su cuarta boda e intentó por todos los medios rentabilizar la muerte de su hermana invirtiendo en una especie de Neverland macabro, con tour incluido por la tumba de Diana, que resultó un fracaso y acarreó un montón de créditos aún no pagados.
Kate no llega con ínfulas ni complejos a la familia real. No es una inocente virgen de 19 años que se había enamorado de un príncipe azul con amante incorporada en el ajuar. Ella y William llevan 10 años de noviazgo, han vivido juntos y su relación ha tenido muchas pruebas de fuego que superar en tan larga espera: infidelidades de William, críticas y rechazo por el hecho de que Kate no tuviera ni atisbo de sangre azul, indecisión del príncipe para dar el sí hasta que ella le diera un ultimátum. Pero nada, ni siquiera el hecho de haberse convertido ya en la mujer más importante de Gran Bretaña después de Isabel II, le ha hecho renunciar a sí misma ni subir los peldaños de dos en dos.
Prueba de ello es que no acudirá en carroza a Westminster, sino en el coche de su padre y no dormirá la víspera de la boda en ningún palacio real; lo hará en un hotel de Londres. Sin habérselo propuesto y aún con una sortija de prometida que trae recuerdos alegres y amargos e imprime carácter, Kate ya ha logrado disipar la sombra y la constante comparación con Lady Di.
Además de viento fresco, la royal wedding supondrá un importantísimo ingreso de divisas en las arcas del Estado: unos 850 millones de euros. El abanico de souvenirs rentables supera todo lo previsible: un tour en autobús por la casa donde discurrió la infancia de Kate, pasando por el jardín de infancia, el colegio, la iglesia donde fue bautizada e incluso el pub The Old Boot Inn, donde toma copas con el príncipe. John Haley, dueño del bar e invitado al enlace, ofrecerá una caña a los turistas que paren a ver su bar: “Esperamos que lleguen visitantes de Norteamérica, Canadá y Japón”, cuenta.
Por supuesto, ya están a la venta las mil y una jarritas, vajillas, cucharillas, marcos para fotos y hasta preservativos con la foto de ambos como recuerdo que comprará el millón y medio de turistas que se espera llegue a Londres para contemplar la boda desde alguna pantalla callejera.
Una fábrica de Yingzú, China, produjo 100.000 sortijas como la de compromiso, pero con el zafiro falso, claro, en un solo día. También se venden cómics (Una pública historia de amor) y cervezas con su cara, mientras se rueda una serie para televisión y una película sobre el romance. Ya relucen unas figuras de cera a tamaño real de la pareja hechas por Jennifer Rubell y se han acuñado grandes medallas y una moneda de 9,99 libras con sus caras.
Mientras, el príncipe Harry redondea el sarao de despedida de soltero que prepara para su hermano: 20 amigos que pasarán el día en un barco con competiciones en lancha motora y esquí acuático, antes de acabar en la barra de algún bar de la costa. Todo a punto para una boda preámbulo del 60 aniversario de la ascensión al trono de Isabel II, en 2012, y de la celebración de los Juegos Olímpicos en Londres en el mismo año. Como decía la película, el imperio contraataca.
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