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    José Tomas, el último diestro en salir a hombros de la Monumental de Barcelona.

    Con la Monumental se entierran 60 años de Fiesta

    01 AGO 2010 | Ángel Arranz y Javier Sedano. Madrid

    La decisión del Parlament de prohibir las corridas en la Monumental pone fin a 60 años de tardes históricas con las mayores figuras del toreo. Joselito, Belmonte, Sánchez Méjias, Granero, Lalanda, Chicuelo, Cagancho, Niño de la Palma hasta Luis Miguel Dominguín, Parrita o Rafael Ortega... son muchos diestros se han consagrado en este coso que podría vivir su último año de gloria.

  • Es demostrable el arraigo de los festejos taurinos en Cataluña, casi tan ancestral como lo es en los principales manantiales del sector de la Península Ibérica. Y es protagonista de hitos históricos trascendentes: desde tener las más cómodas plazas de cada época a ser la Monumental, en calidad y cantidad, la primera plaza del mundo durante 60 años. Sólo hay que consultar hemerotecas. Por el desastre ocurrido el pasado 28 de julio, hoy toca resumir los avances y retrocesos de los últimos 70 años, en homenaje a una de los cosos más emblemáticos de España y en honor a la afición catalana.
    El caso es que todas las máximas figuras de la edad de oro y de plata del melodrama en el ruedo, se ven anunciadas reiteradamente en el albero de la Monumental. Son los Gaona, El Gallo, Joselito, Belmonte, Sánchez Méjias, Granero, Lalanda, Chicuelo, Cagancho, Niño de la Palma, Márquez, Armillita, Manolo Bienvenida, Villalta, Barrera o La Serna, dándose categoría, fuste, rumbo y postín mutuos y superándose en entrega, condiciones, compostura, cotización o contratos. El 28 de octubre de 1930 se presentó de novillero Domingo Ortega; apenas toreaba en plazas de segundo o tercer orden y, mayorcito de edad, obtiene tal triunfo que lidia varias novilladas hasta el 16 de noviembre. Con la aparición del inolvidable maestro toledano, la Monumental se acreditó como plaza imprescindible para descubrir, pasaportar y consagrar toreros de una pieza.

    No conozco a ningún profesional veterano o veteranísimo, con independencia y criterio, que ponga en duda el prestigio y jerarquía que ejerció durante 60 años la Monumental de Barcelona. En 1940, aparece en la Monumental la intransferible y casi misteriosa personalidad de Manuel Rodríguez Sánchez Manolete. La Monumental es testigo de sus majestuosas, inverosímiles y estoicas faenas en 72 corridas, hasta el punto de ser el torero del que se conservan más fotografías en peñas, coleccionistas y tabernas de Barcelona. Pepe Luis Vázquez, Antonio Bienvenida, Pepín Martín Vázquez, Luis Miguel Dominguín, Parrita, Manolo González o Rafael Ortega son ases que pasean sus merecidos triunfos en la ciudad condal por todos los ruedos del firmamento torero.

    Sin embargo, el fenómeno más genuino que produce la especial afición barcelonesa es Antonio Borrero Chamaco. Apenas placeado por su Huelva natal, se presentó en Barcelona el 7 de marzo de 1954, acompañado de Carlos Corpas y El Turia. Once de los 24 paseíllos que hace en su primera temporada novilleril en la Monumental, alterna con el fino y elegante diestro catalán Joaquín Bernardó, polemizando la atención de aficionados y curiosos sin fronteras, que tomaban parte por uno o por otro, sin señalar el lugar de nacimiento. Tales eran los llenos en los tendidos y taquillas, que el astuto empresario Pedro Balañá Espinós confeccionaba algún cartel sobre la marcha, a la salida de una tarde apoteósica, anunciaba: “mañana, Chamaco y dos más”. Ojo, eran temporadas de novilleros y matadores de altura, y tan singulares como Aparicio, Litri, Ordóñez, Manolo Vázquez, Antoñete, Jumillano, Pedrés, Chicuelo II, Gregorio Sánchez, César y Curro Girón, Luis Segura, Jaime Ostos o Victoriano Valencia. Toma la alternativa en el escenario de “su plaza Monumental” el 14 de octubre de 1956 de manos de su paisano Litri y Ordóñez como testigo. Logró una trayectoria muy digna, y es para siempre un capítulo excepcional, brillante, testimonial e imborrable de la fecunda historia de la tauromaquia en general y de la Monumental en particular.

    En la década de los sesenta, y hasta mediados de los setenta, se anuncian en la Monumental otros grandísimos toreros, como Fermín Murillo, Mondeño, Romero, Puerta, Paula, Camino, El Viti, El Cordobés, El Pireo, Palomo, Galán, Paquirri, Ruiz Miguel o Ángel Teruel. Sus presencias son continuas en Barcelona, manteniendo su plaza la primacía taurina en cuantificación y calificación.
    Lejanos y sorprendentes años sesenta, con noches de boxeo y lucha libre en la plaza de toros. Paco Camino y Santiago Martín El Viti eran una lección ortodoxa y cotidiana para los que intentábamos ser toreros. Puerta, era el pundonor y el amor propio. Con el magnético y apóstata Manuel Benítez El Cordobés, se quedaban varios miles de curiosos en la calle, sin entradas, siguiendo las corridas por los “olés” o los “ayes”, que resonaban de la abarrotada plaza.

    Barcelona sabía ser y sabía estar, el novillo o toro que salía por los chiqueros era el prototipo de cada circunstancia o ciclo ganadero. Hasta aquí son 60 temporadas cuyo bagaje se mantuvo o fue de menos a más. Creo que están justificados los aplausos unánimes al paraíso antológico que alumbró y deslumbró en la plaza de toros.

    El principio del fin

    Ahora bien, ¿qué va aconteciendo en esos boyantes años sesenta y setenta para que pronto se inicie el declive de más a menos? Ocurren varios sucesos con efectos secundarios negativos que van pidiendo cuentas y pasando factura. Primero, el listo y hábil emprendedor Pedro Balañá padre prueba otros negocios en alza, como el de las salas cinematográficas, y el resultado es que su atención y entrega a la Monumental se achica y divide. Segundo, la llegada masiva de turistas echa durante dos o tres meses de la plaza a miles de aficionados y espectadores asiduos. Tercero, mueren por cogidas en la Monumental dos lidiadores en poco tiempo, dos tragedias que hace que en sectores de la población barcelonesa, el debate toros sí o toros no, tan ancestral como la propia tauromaquia, se avive, acalore y acreciente, creando una atmósfera de cierto o confuso rechazo. Y, por último, habría que reseñar, desde la Transición, el divorcio político con el mundillo de los toros. Buenos o esforzados toreros como Manzanares, Capea, Robles, Domínguez, Ortega Cano, Esplá, Ojeda, Rincón, Espartaco, Jesulín, Ponce, Finito o El Juli, o no despiertan el interés de las figuras anteriores o van padeciendo las consecuencias de los errores y sucesos apuntados.

    Llevamos un cuarto de siglo largo que, por unas u otras causas, no soplan vientos propicios para el horizonte taurino. La Monumental es una metáfora, es un ejemplo para todas las plazas. En el tiempo y gestión de Balañá nieto, el genuino, breve y enigmático José Tomás, ha sido el último diestro en despertar de la siesta a los verdaderos y exigentes aficionados barceloneses y catalanes.

    *Extracto del libro ‘¿Torturadores?’ de Ángel Arranz (Editorial Egartorre).

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