No se perdía La casa de la pradera, admiraba a Dalí, “último pintor del Renacimiento”, y tomaba té cuando le prohibieron el vino. La relación con Luis Miguel Dominguín, primer hombre que rehusó que le retratara, se apagó por la ruptura del torero con Lucía Bosé. Son pinceladas de un artista insólito que exigió hasta el final que el Prado diera cobijo a su Guernica.
Antonio D. Olano
Dios creó el mundo -dicen-. Y en el séptimo día, cuando estaba tranquilo descansando, se sobresaltó y dijo: “He olvidado una cosa: los ojos y la mano de Picasso”.
Dos veces, dos, como se anuncia en los carteles de los toros, se le llamó a Picasso. Se injurió su obra llamándole “mamarrachada”. La primera, en una plaza del sur de Francia -¡toreador, toreador!, compone Bizet el mejor pasodoble que existe- después de que la montera, como una paloma negra, pase de las manos del pintor, que la recoge al vuelo y la coloca sobre el halda. Cae el toro supitaña, rotundamente. Pablo, sombrero de ala ancha y capa española, devuelve el tricornio negro al matador hispano y en el vuelo, la paloma mensajera va acompañada de una cuartilla dibujada. Ya desvistiéndose en la habitación del hotel, apagada la lamparilla que da luz a mil estampas de mil santos, el torero coge el papel y exclama mientras hace mil pedazos la cuartilla: “Le brindo un toro y esto es lo que me regala ese tacaño: un papel con unos mamarrachos pintados...”.
Como a El Piyayo, a chufla lo toma la gente. Le gastan bromas, pesadas, los niños y se miden a la altura del liliputiense que camina por la Gran Vía hacia el Círculo de Bellas Artes, que es donde se juega la pasta hasta que amanece. Una ducha y uno de estos dos viajes: al Ministerio de Comercio, en donde es gente importante. O le espera el coche de cuadrillas que le llevará al lugar en donde actúe su torero, generalmente Luis Miguel. Después del festejo, en Arlés, Picasso nos lleva a su casa. Está entusiasmado con la presencia de don Marcelino, el enano maqueado con pantalón corto e inseparable de un puro habano que parece su pértiga
Propone a don Marcelino: “Le invito a pasar unos días en mi casa. Quiero hacerle un retrato que, una vez terminado, se lo regalo y usted lo lleva a España”. “Muchas gracias, don Pablo”, es la respuesta. “¿Cree usted que puedo faltar a mi trabajo para que usted me haga una de esas mamarrachadas que suele hacer?”.
Rió Picasso. Le seguimos coreando su carcajada todos los que presenciamos ese encuentro-desencuentro. Sus ojos, un ahorro en palabrería, chocaron con la mirada, que ahorraba ironía, de Dominguín. El primer ser humano que no aceptó que Picasso lo retratase: “Pablo, lo dejamos para más adelante, tendrá más experiencia y los cuadros te saldrán mejor...”.
Vivimos entre la fidelidad y el olvido en donde habita, y adonde llevamos a las gentes que dejan de importarnos. La semana del duro, Ruano dixit, es la de los autoelogios de los que, cual plañideras criptográficas, lloran en letra impresa a los finados, que han de esperar su centenario para gritarnos que existieron.
Por ello, gratitud, explico cómo y merced a quién conocí a Pablo Picasso. Me llevó hasta él Luis Miguel Dominguín (¡cuántos muertos no mueren porque siguen viviendo con nosotros!). Viaja Lucía Bosé, que quiere visitar a sus hijos y a Reme, la tata, para la que Picasso dibujaba lo que ella debía pasar a los bastidores. Volamos, es un decir, al aeropuerto de Niza. De allí a Cannes. Ansiedad y duermevela en un hotel de la Costa Azul. Va con nosotros Eddy Navarro, un arquitecto y fotógrafo rumano, afincado y nacionalizado brasileño.
Viene a recogernos Jacqueline Roque, la segunda mujer con la que se casó Picasso. Nos espera junto a su Plymouth blanco. “Es un regalo que me hizo Pablo”. Ella y Lucía se cuelan en la aduana. La niña le pregunta a su padre.
-¿Vienes de cazar una perdiz?
-Sí, una perdiz..
-¿Te quedas con nosotros?
- Tengo que cazar más perdices en América... Mientras cenamos en Chez Felix, Luis Miguel nos advierte: “Malas noticias. Pablo se encuentra indispuesto. Esta mañana se acaloró discutiendo con un chino de Mao. Cada uno gritaba en su idioma y Pablo, acalorado, sufrió como un golpe de sangre y se puso muy mal”.
Jacqueline, Lucía y su hija se dirigieron al domicilio de los Picasso. Luis Miguel, Eddy Navarro y yo nos instalamos en un hotel de la ciudad. Nos llamarían a la mañana siguiente para, si el anfitrión había mejorado, dirigirnos a su casa, su fortaleza de Vallauris, La Californie.
Picasso nos recibe alborozado. Eddy prepara sus cámaras y los maquillajes. Todos sus personajes, reyes y jefes de Estado accedieron a ser maquillados. El más reciente, Franco en sus habitaciones de El Pardo.
Eddy se priva de emoción, y Picasso, regocijado, va en busca de las sales. Realizado el minucioso trabajo de fotografiar, Pablo se viste de payaso. El espectáculo está servido. Todos participamos. Pablo torea de salón y Arias, el peluquero, embiste con una silla. Después la anécdota que le hace más gracia:
-Miguelito se puso al teléfono para hablar contigo. Corrió hacia nosotros emocionado : “Papa ha cortado tres orejas en cada uno de sus toros”.
En otro de sus viajes, Luis Miguel llega por sorpresa. Pablo corrige movimientos a Miguelito, que, a instancias suyas, está bailando El lago de los cisnes. Indignado, el torero dice a Picasso: “¿Es que quieres hacer del chiquillo una mariquita?”.
Las relaciones entre torero y pintor se deterioran a raíz de la separación de Lucía y Luis Miguel. El malagueño, que cuenta por decenas sus mujeres, se siente moralista. Delante de mí, de Jacqueline y de Lucía exclama: “¿Qué se cree ese tío? ¿No sabe que el matrimonio es para toda la vida?”.
Lucía, Essa de Simone -abogada italiana y representante de la actriz y varias figuras más estábamos en la nueva casa de los Picasso, Notre Dame de Vie, en Mougins. Cuando se negó a recibirlo porque Luis Miguel pretendía que Picasso participase en una película en torno a él (Buscando a Picasso) y firmase en la playa, sobre la arena. Esa misma tarde Pablo conectó su televisión, en blanco y negro, para presenciar la romería en homenaje a la Virgen que da nombre a su casa. Esa celebración cercana, a la que no iba personalmente para no ser molestado, y la transmisión de La casa de la pradera no se las perdía nunca.
En uno de mis viajes a Cannes llevé conmigo al cantautor Juan Pardo, mi paisano y compadre, una guitarra y tres kilos de percebes, que merendamos con té porque, después de una importante operación, a Picasso le prohibieron el vino.
Juan, acompañándolo con la guitarra, cantó a dúo con su nuevo amigo varias canciones gallegas. Picasso las recordaba, como tenía siempre en sus recuerdos a La Coruña, en donde tuvo su primera novia, una hija de pescadores llamada Carmiña. Es La muchacha de los pies descalzos, el cuadro en que aparece la muchacha junto a la Torre de Hércules. Pablo, al salir del Instituto Da Guarda, enseñaba a torear a sus compañeros de clase. Allí escribió e ilustró sus primeras revistas, de ejemplar único. Y auspiciado por Pérez Costales, ex ministro, médico y amigo íntimo de la familia, hizo su primera exposición. Pérez Costales adquiría, por un duro, los cuadros que Picasso hacía sobre las tapas de las cajas de puros. Recibió un regalo: la portada del disco Anduriña.
Al despedirse me pregunta: “¿Siguen apareciendo picassos en La Coruña?”.
Pablo se hace torero en la ciudad en la que muere una hermana suya y trabaja como catedrático de arte su padre. “Y en la que también me hice pintor y escritor. Me molesta que los que escriben sobre mí traten de ocultarlo. Encima descubrí que la primera corrida de toros que se celebró en España tuvo lugar en la muy clerical villa de Mondoñedo”.
Luis Miguel y yo tratamos de reconciliar a Dalí y a Picasso. En realidad, nunca fueron enemigos. El malagueño fue decisivo en la fulgurante carrera del catalán, al que quería y admiraba: “Esta situación hay que terminara de una vez. Salvador es grandioso, el último pintor del Renacimiento”.
Casi una misión imposible la opción de que Picasso, que nunca aceptó otra nacionalidad que la española, regresase a su patria. Luis Miguel se lo planteó a Franco, que, inmediatamente dio órdenes para que, tanto el pintor como sus acompañantes, fuesen recibidos en las fronteras españolas y atendidos como personajes ilustres. Y a punto estuvo Picasso de regresar, concretamente a Valencia, cuando un toro hirió gravemente al número uno. Luis Miguel salió del sanatorio y Picasso no regresó a su país.
Conseguí ser testigo del desmentido de varias leyendas sobre el personaje. No le gustaban las palomas, tal vez porque su padre le dio la alternativa pictórica encomendándole que completase sus cuadros haciendo las patas de las patas de esas ratas voladoras. Me explicaba que la paloma de la paz es un pichón. Luis Aragón le pidió una paloma para un congreso de la paz, organizado por los comunistas. “Era buen poeta; pero un poco tonto. Le di a elegir de una carpeta y se fue, tan contento, con el dibujo de un pichón”.
Otra leyenda es la referida a su cuadro Guernica. En principio iba a ser de tema taurino. Se lo encargaron para la Exposición Universal de París. Y tuvo que añadir figuras y expresar la tragedia del bombardeo a Guernica. El Gobierno de la República, descontento con la obra, estuvo a punto de rescindir el contrato.
Nos confesó a Lucía Bosé y a mí: “Es una obra pagada por España y que debe volver a España. Exijo que haya un Gobierno republicano y que coloquen el cuadro y sus bocetos en el Museo del Prado”. Pertenece también a la leyenda urbana la frase que se refiere a que un oficial alemán fue a su estudio parisino, le mostró una reproducción de cuadro y le preguntó: “¿Hizo usted esto?”. A lo que respondió Picasso: “No, lo hicieron ustedes”.
Durante la ocupación alemana, varios amigos suyos estaban en el frente o se marchaban para no ser detenidos. Hitler envió, como embajador ante el pintor y para su seguridad, a su escultor de cámara: Breker, al que años más tarde conocí con ocasión de que le hacía un busto a Dalí. Varios soldados germanos hacían guardia ante la casa del pintor para que no fuese molestado. Incluso le proporcionaban clientes, visitantes de París.
Hablamos de todo lo divinamente humano. Del robo de las estatuillas de Louvre, en el que lo implicaron. De los enamorados de La Gioconda, en cuyo robo quisieron ver su colaboración. Su madre le dijo un día: “Si me dicen que has cantado misa, me lo creeré” .
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