
Con su gran faena al cuarto toro de la ganadería Puerto de San Lorenzo, el maestro Enrique Ponce no sólo celebró por todo lo alto su cincuenta paseíllo en la plaza de Vista Alegre, sino que volvió a coronarse en el veinte aniversario de su alternativa a las puertas de completar su corrida número 2000, que tendrá lugar en la próxima Goyesca de Ronda.
Aunque la presidencia se negó cerrilmente a darle la segunda oreja, el público le compensó con una vuelta al ruedo clamorosa y con la ovación más larga que se haya escuchado jamás en esta plaza. El torero Diego Urdiales, valiente sin más, e Iván Fandiño, que estuvo irresoluto y fue desgraciadamente herido, no anduvieron a la altura del gran acontecimiento.
Ayer no se completaron los graderíos de sol ni los altos. A la misma hora del comienzo del festejo, jugaba el Atleti en la catedral de San Mamés y a la coincidencia de ambos espectáculos se añadió la repentina caída del cartel de Miguel Ángel Perera. Así pues, los compañeros de Ponce en su 50 tarde en Vista Alegre no le ayudaron precisamente en la taquilla sino todo lo contrario. Hasta el sustituto de última hora, Diego Urdiales, no pudo completar una cuadrilla por lo que, en sus toros, tuvieron que actuar subalternos de los otros matadores. Tantos y tan fortuitos incidentes y adversas circunstancias, aparte el deslucido juego de la mayoría de los toros de Puerto de San Lorenzo, empañaron una corrida que debería haber tenido bastantes más alegrías de las que tuvo por parte de tan pobre compañía. Pero la santa bondad de Ponce aguanta todo los que le echen y más, por lo que su infinita paciencia fue premiada por el Altísimo.
Claro que otros matadores de categoría no lo hubieran consentido. Y es que no merecía esta jugarreta del destino el gran torero valenciano, que parece bilbaíno por lo mucho que quiere a la Villa y sus gentes a él en total correspondencia.
Pero vayamos al único momento culminante del festejo porque ni Ponce, aunque anduvo muy por encima del nada fácil primer toro, ni Urdiales pese a sus muchas ganas y al valor que le echó al quinto, ni Fandiño, tan deseoso como torpísimo con sus dos enemigos –mucha tela para el diestro vasco–, solamente con el noble cuarto ejemplar de la ganadería salmantina la jornada alcanzó el altísimo nivel con que Enrique Ponce volvió a mostrar sus regias credenciales.
Bueno, aunque a menos, su brío en este toro, el maestro lanceó con templada elegancia en el recibo, lo lidió con administrada sabiduría y, una vez brindada la faena al público, lo toreó sobre ambas manos con tanta sutileza como enjundia. Desde los doblones del inicio hasta el abaniqueo del final que precedió a una estocada contundente aunque algo caída, la plaza saboreó pase a pase, pausa a pausa, tramo a tramo una de esas obras sinfónicas que distinguen al valenciano, capaz de sacar siempre de los toros más partido del que tienen. En sus manos los toros se vuelven tan obedientes que parecen desaparecer. Ponce llena toda la escena y tanto su toreo como su estar y andar por la plaza, se convierten en un acto del más caro ballet que se pueda contemplar en una plaza de toros frente a un animal que, al fin y al cabo, siempre puede herir y hasta matar a quien tiene delante. Y ahora a esperar a ver cómo explican esto sus enterradores. Ponce, ayer, los enterró a todos.
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