Veintiocho años después llegaba la libertad a Berlín

La caída del Muro, último acto de un largo proceso

20:54 (08-11-2009) | 7

Según John O’Sullivan, Reagan jugaba con ventaja: tenía prácticamente ganada la Guerra Fría desde 1983. La presión del presidente americano, Margaret Thatcher y Juan Pablo II contra la Unión Soviética fue un pulso de creencias y convicciones más que de armamento.

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Lo contaba Lech Walesa en una entrevista a LA GACETA: “Todo empezó en los astilleros de Gdansk”. Las huelgas de agosto de 1980, provocaron “la primera brecha en el Muro” señala Adam Michnik.

Ese fue el prólogo de la histórica escena vivida por los berlineses del Este y el Oeste la noche del 9 de noviembre de 1989.

Nadie lo podía imaginar cuando el primer paso de Gdansk. El Pacto de Varsovia tenía destacados más de 200.000 soldados en Polonia y gobernaba Breznev en la Unión Soviética.

Pero el nombramiento del Papa Wojtyla, había servido para incubar un proceso que terminó con el comunismo en menos de una década.

El trío de la libertad

Lo explica John O’Sullivan, ex director adjunto de The Times, en el libro El presidente, el Papa y la Primera Ministra. Sin el antecedente polaco, poco habrían hecho Reagan y Thatcher para dar jaque mate a la URSS.

Dos factores explican la labor de zapa polaca contra el sovietismo. La amalgama de catolicismo y patriotismo de un pueblo mártir; y su traducción en forma de lucha sindical (el sindicato Solidaridad).

Aunque Reagan ya no estaba en el poder cuando cayó el Muro (dejó la Casa Blanca diez meses antes), su contribución, entre 1980 y 1988, había sido decisiva.  

El ex actor había devuelto a América con su revolución conservadora y su reaganomics el orgullo perdido tras la desastrosa gestión de Carter.

En el exterior, Reagan identificó a Moscú como el Imperio del Mal y le apretó las clavijas con el despliegue armamentístico. Según O’Sullivan, tenía prácticamente ganada la Guerra Fría, desde 1983 -en tiempos de Andropov- cuando la OTAN instaló  misiles Pershing y de crucero en Europa. De  alguna manera, jugaba con ventaja cuando cayó el Muro en 1989.

Margaret Thatcher, por su parte,  fue la aliada ideal de Reagan. De hecho, fueron los propios soviéticos los que la bautizaron como la Dama de Hierro.

Por primera vez desde Churchill, un gobernante se definía como “político de convicciones”en lugar de consenso. Echó un pulso a los sindicatos, redujo el peso del Estado en la economía, y   exhibió con desperpajo el thatcherismo: libertad económica y raíces cristianas y conservadoras.

El Muro cayó por muchos factores, y el económico fue decisivo. Pero las causas materiales no lo explican todo.  Como sintetiza O’Sullivan, “Wojtyla era demasiado católico, Thatcher demasiado conservadora y Reagan demasiado americano”. Cualidades poco útiles en los años 60-70, con un Occidente inseguro, pero que se revelaron decisivas en la segunda mitad de los años 80.

Mientras, el Imperio Soviético era un Hamlet acosado por las dudas. 1989 fue un choque de creencias. Incontestables las de Occidente, contradictorias las del Este. Lo demás, incluida la tenaza armamentística aplicada por Occidente, era consecuencia.

El socialismo real se desmoronaba tras su fachada. La desaparición de Breznev, el último zar soviético,  y su sustitución por una gerontocracia apergaminada (Andropov y Chernienko), significó el principio del fin. La llegada de un joven Gorbachov (54 años)  aceleró el declive.

Su perestroika perseguía modernizar económicamente el socialismo... pero sólo sirvió para agrietarlo más, Gorbie hizo de aprendiz de brujo: la perestroika provocó el colapso económico y la glasnost (o transparencia), el derrumbamiento del Partido Comunista.

El descontento prendió en los países satélites a finales de los años 80. Ni siquiera se libró la RDA, el orgullo del Este.

La Alemania comunista sufrió dos presiones: la del pueblo contra el Partido y la de las bases del Partido contra su cúpula. Estas últimas querían seguir siendo comunistas, pero reformadas.

    Las dos corrientes se materializaron en las manifestaciones de otoño de 1989. Paralelamente las fronteras del Este se vuelven porosas.

Honecker, tarde

El proceso se acelera cuando Erich Honecker,  líder de la Alemania comunista, pierde el respaldo de Gorbachov. Honecker había dicho que el Muro, levantado en agosto de 1961 en tiempos de Kruschev, seguiría en pie. Gorbie replicó que quien llega tarde, la Historia le castiga.

El líder germano fue sustituido por el efímero Egon Krenz y el Muro cayó el 9 de noviembre, después de que el portavoz de Alemania Oriental dijera en rueda de prensa que el Comité Central autorizaba la salida al extranjero de ciudadanos del Este.

Se esperaba, pero nadie acababa de creérselo. Esa noche los jóvenes convirtieron el Muro en una fiesta de champán y piquetas, mientras los germanoorientales pasaban al Oeste por unos puestos fronterizos  férreamente vigilados sólo unas horas antes.

Ciento noventa y dos personas habían perdido la vida en esos 28 años, por llegar a Berlín Oeste. Delitos por los que sería juzgado Honecker, aunque se libró de la condena por su deteriorada salud.

El régimen más férreo, Alemania Oriental, resultó ser el talón de Aquiles del bloque conunista. Se desmoronó pacíficamente, presa de la ineficiencia. Atrás quedaba un imperio de cárcel, torturas y espionaje.

La poderosa Stasi disponía de 90.000 agentes para vigilar y fichar a los ciudadanos sospechosos. Su sede albergaba 16.000 sacos de fichas de personas espiadas. Y sus tentáculos se extendían a Occidente: el canciller Willy Brandt tuvo que dimitir en 1974, cuando se descubrió que su secretario era espía de Alemania Oriental.

La alegría recorrió Europa esos días. O no toda. Paradójicamente una de las protagonistas de aquel largo pulso, Margaret Thatcher, se mostró reticente. Se oponía a la reunificación y buscó apoyos en Mitterrand para retrasarla. La Dama de Hierro temía que una Alemania poderosa terminara dominando a Europa.

De Breznev a  Sinatra

Pero el proceso no tenía marcha atrás. Sobre todo desde que los países satélites dejaron de mirar a Moscú, una vez que el Kremlin sustituyó la doctrina Breznev por la doctrina Sinatra (“A mi manera”) y cada república hizo de su capa un sayo.

Los regímenes comunistas fueron cayendo, como fichas de dominó: Checoeslovaquia, Hungría, Bulgaria... excepto Rumanía dominada por el sanguinario conducator Nicolás Ceaucescu. La matanza de Timisoara (más de 4.000 personas) puso el contrapunto atroz a la Caída del Este. El dictador cayó en  la Navidad de ese mismo año y fue juzgado y fusilado por el asesinato de 60.000 hombres.

En los siguientes meses, el Este y Europa entera cambiaron de aspecto, con consecuencias trascendentales: En 1990 se produjo la unificación de Alemania, pilotada por Helmut Kohl; después la atomización de la Unión Soviética, con la espita de las repúblicas bálticas; el putsch de Moscú del verano de 1991, con la disolución del Partido Comunista; y el final del pulso de los dos bloques que había tenido en vilo al mundo desde la II Guerra Mundial.

Acababa toda una era. Y no lo dijo EE UU sino el portavoz ruso Gerasimov, cuando después de una cumbre en Malta manifestó: “La Guerra Fría terminó hoy a las 12’45".  No pudo ser más preciso.



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