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    Sabino Fernández Campo
    Sabino Fernández Campo

    El consejero que supo callar

    26 OCT 2009 | Alfonso Basallo

    Sabino Fernández Campo conjugó la lealtad al Rey y la habilitad política. Su objetivo fue consolidar la estabilidad democrática en España y generar una imagen positiva del nuevo monarca.

  • Madrid “Mi papel ha sido secundario”. Es el autorretrato con el que Sabino Fernández Campo sintetizaba su figura y su trayectoria. Un discreto cancerbero de la Corona en el crucial momento de su modernización democrática, a través de la prueba de fuego de la Transición y del golpe de Estado del 23-F. Y también, la caja negra del reinado de Don Juan Carlos, como señaló Manuel Soriano en la biografía Sabino Fernández Campo. La sombra del Rey.

    El ex jefe de la Casa del Rey nació en Oviedo el 17 de marzo de 1918, hijo de un comerciante. Participó en la Guerra Civil con 18 años. Después fue profesor y jefe de estudios de la Academia de Intervención Militar, e interventor de la Casa Militar de Franco. En 1975 fue nombrado subsecretario de la Presidencia y en 1976 subsecretario del Ministerio de Información y Turismo. En 1980 ascendió a general interventor general del Ejército.

    En 1977, en plena Transición, fue nombrado secretario general de la Casa del Rey, en sustitución del general Armada. Trece años después, en 1990, pasó a ser jefe de la Casa del Rey, ocupando el lugar del marqués de Mondéjar. En 1993 cesó y fue sucedido por el diplomático Fernando Almansa.

    Sabino Fernández Campo enviudó en 1993 de Elena Fernández Vega, que le dio 10 hijos, y cuatro después contrajo matrimonio con la periodista María Teresa Álvarez.

    Hizo de la lealtad su oficio. Alguna vez se vio como "un Pepito Grillo al que en ocasiones (el Rey) tiene ganas de tirarle un mazo a la cabeza". Fue un malabarista de los silencios. Con ellos salvaguardó fielmente la Corona. Pero cuando hizo falta, también con sus palabras.

    Fue crucial su papel de cortafuegos en el 23-F, con la célebre frase “Ni está ni se le espera”, refiriéndose al general Armada. Se la dijo al jefe de la División Acorazada Brunete, que quería saber si Armada, mentor intelectual del golpe, había llegado al palacio del Rey y si, por tanto, contaba con el beneplácito de la Corona. Fernández Campo no sabía el grado de responsabilidad de Armada, pero reaccionó con rapidez y le bastó una frase, dos verbos, seis palabras, (“Ni está ni se le espera”) para pinchar el globo y alejar cualquier insinuación de complicidad de la Corona con los golpistas.

    Como él mismo dijo, no quiso ser otra cosa que “secundario”. Pero, paradójicamente, sin ese papel la consolidación de la Monarquía no hubiera tenido final feliz. Pilotó la Casa del Rey en momentos delicados, fue artífice de la aceptación popular de la figura de la Monarquía, del buen entendimiento con los socialistas, del papel de árbitro institucional jugado por el Rey en la delicada arquitectura del Estado democrático. Y de la preparación del heredero, Felipe de Borbón.

    Fundación Príncipe

    Aún así, Fernández Campo no pudo evitar la conjura que hizo que tuviera que dejar la Casa Real en 1993. En parte se debió al debate público sobre los escándalos de la Casa Real británica, en parte por celos y envidias, (“hubo personas que me empujaron fuera de la Zarzuela porque les estorbaba”). Lo cierto es que se marchó, dolido, pero dispuesto a perdonar a quienes tuvieron que ver con su destitución.

    Era hombre de fe, explorador de los grandes interrogantes de la existencia y preocupado por el más allá, que —asturiano hasta el tuétano— imaginaba como “un lugar lleno de prados verdes y cielos con neblina”.

    De hecho, Fernández Campo fue, en 1980, uno de los mentores de la Fundación Príncipe de Asturias, que concede cada año los famosos premios. Príncipe y Asturias han sido, en fin, dos de sus grandes pasiones. De ahí su papel de educador de Heredero de la Corona y continuador de la labor don Juan Carlos

    Discreto, elegante, culto... Aunque su virtud más característica fue la más necesaria para su carrera: la prudencia, que dosificaba en sus complicadas relaciones con los políticos y, sobre todo, con la prensa.

    No en vano, tenía como libro de cabecera El Príncipe, de Maquiavelo, que le sirvió de hilo conductor en su discurso de investidura de la Academia de Ciencias Morales.

    Ha dejado una larguísima trayectoria de servicio y lealtad a la Corona, su sabiduría de asturiano apasionado por su patria, España, su habilidad diplomática, su larga familia (seis de los 10 hijos que tuvo con su primera esposa), su rectitud y, sobre todo, los diarios que fue escribiendo como anecdotario desde sus tiempos de la Zarzuela. Un tesoro que ahora se disputarán las editoriales...

    ...si es que lo consiguen.

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