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    Un joven contribuye a derribar el muro

    La izquierda no derribo el muro

    08 NOV 2009 | Carlos Dávila

    Occidente tampoco reaccionó con dureza ante la construcción.


  • Ya en los años setenta, un
    clásico entre los corresponsales españoles en Berlín,
    Pedro Wender (su verdadera filiación era José Gabriel
    de Pablos) me decía a la vera misma de la Puerta de
    Brandeburgo: “Aquí, españoles vienen muchos, pocos
    muestran interés por lo que pasa al otro lado; sólo una
    vez acompañé a uno que, antes de entrar, me habló
    de una forma que me dejó estupefacto: ‘Sí, lo del
    Muro está mal, pero ahí dentro no hay paro”. El
    acompañante de Wender, luego lo supe, era un socialista
    español, muy cercano a Rodolfo Llopis, quien todavía
    por entonces ostentaba la legitimidad política del PSOE. El
    sujeto en cuestión no era un excepción: casualmente, en
    la noche de aquel mismo día y cenando en un restaurante
    español de Berlín, Mi Burrito, se acercó un
    grupo de jóvenes, españoles, claro, que había
    reconocido al corresponsal. Tampoco mostraron el menor interés
    por lo que ocurría “dentro”, pero repitieron la misma
    cantinela: “Los comunistas” —dijo un pollo especialmente
    estúpido que luego confesó su militancia en el
    socialismo clandestino— “no dan libertad, pero por lo menos dan
    pan”. El individuo estaba engullendo una gigantesca tortilla de
    patata.

    Mucho tiempo después, cuando se
    cumplían 10 años de la muerte de Dolores Ibárruri,
    La Pasionaria, Santiago Carrillo,
    en un panegírico
    estremecedor, cantó las virtudes de su camarada y sólo
    se permitió una leve censura: “El Muro siempre le provocó
    sus recelos, aunque sus sentimientos por la URSS le desaconsejaban
    expresarlos públicamente”. O sea, un pecadillo, un pecadillo
    que tampoco cometieron, un poco antes, Alfonso Guerra y Felipe
    González, cuando en un viaje a Moscú no lanzaron la
    menor diatriba contra la falta de libertades,
    realmente vejatoria y
    clamorosa en cualquier país del Este y más que en
    ningún otro lado en la denominada, sarcásticamente,
    República Democrática Alemana. Claro está que la
    izquierda de la época —como la de ahora, en eso no ha
    cambiado nada— dividía las dictaduras en dos clases: buenas
    y malas, estas últimas eran naturalmente, las de la derecha,
    las otras eran, digámoslo así, disculpables.

    Occidente no reaccionó

    Pero, en fin, y para decir verdad, el
    levantamiento del Muro no suscitó de entrada en Occidente
    reacciones muy contrarias, ni siquiera hirientes para aquel régimen
    despótico prosoviético
    . El adorado Kennedy ni se
    levantó de su mecedora para afirmar como de paso: “Es una
    solución poco elegante, aunque mil veces mejor que la guerra”.
    De esa torpe manifestación se arrepintió muy poco
    tiempo después: justamente cuando, apenas un año
    después del alzamiento del Berliner Mauer, los tanques
    americanos y soviéticos se enzarzaron en una refriega que
    estuvo en un tris de convertir la Guerra Fría en guerra
    nuclear. Luego, ya se sabe, Kennedy apareció por Berlín,
    la capital a la que sólo se llegaba con una línea aérea
    norteamericana, y construyó una de sus frases para la
    Historia: “Ich bin ein berliner”. No hace falta traducirlo: él
    ya fue un berlinés hasta su próxima muerte y los
    habitantes de la ciudad dividida se lo reconocieron.
    Stern, la
    estrella de las revistas germanas, tituló: “Danke, John”.
    Sin más palabras.

    Tampoco los británicos que
    compartían piso berlinés con americanos, franceses y
    soviéticos, condenaron en aquel agosto de 1961 el alzamiento
    de aquella colosal pared, casi cuatro metros de altura, que iba a
    recorrer 45 kilómetros del corazón de Berlín.
    El ministro de Exteriores Mac Millan pronunció una de las
    sentencias de las que probablemente, aún después de
    muerto, se ha arrepentido más. Dijo así: “No se trata
    de nada ilegal”. Realmente incomensurable aquel político de
    cejas pobladas y de verbo fastuoso. Las potencias occidentales, en
    definitiva, no corrieron a condenar la letal iniciativa de los
    sicarios de Moscú. Tardaron, por lo menos, 72 horas. Y en
    Moscú, en esta ciudad, cuna a la sazón del imperio
    soviético, se hizo caso omiso a las reacciones que después,
    tímidamente, se fueron produciendo en todo el mundo.

    También en este punto hay que
    reconocer que el cambio de postura empezó tras una iniciativa
    enorme del propio alcalde de Berlín, del socialdemócrata
    Brandt. Brandt, había abjurado del marxismo en Bad Godesberg y
    había sido un resistente antinazi que terminó en
    Noruega para no enrolarse en el Ejército de Hitler. Brandt
    reunió en su ciudad, a las puertas misma de la puerta, o sea
    de Brandeburgo, a más de 300.000 personas. La radio española,
    pagada en Moscú, informó de este jaez sobre la enorme
    manifestación: “Una concentración se ha levantado
    contra el Muro de Protección Antifascista”. La mención
    se puede leer aún en un libro que contiene las perlas
    cultivadas con que se movilizaba a la población española
    contra Franco. Los comunistas españoles, digan ahora lo que
    digan, no estaban, ni mucho menos, contra aquel Mauer espantoso. Los
    comunistas, de acuerdo.

    Es más, tampoco lo están
    ahora. Francisco Frutos, un prosoviético enrabietado que nunca
    ha disimulado sus preferencias, ha declarado sin cortarse un pelo:
    “No celebraré el aniversario de la caída del Muro”.
    Dejando a un lado que aquello no fue una caída, sino un
    derrumbamiento feroz, la frase de Frutos, coreada también por
    Llamazares
    , expresa los sentimientos que estos izquierdistas con
    telarañas guardan hacia aquella monstruosidad de cemento que
    causó no menos de 250 víctimas
    , algunas de las cuales
    murieron a tiros de los gigantescos vopos de la Alemania soviética.

    Curiosamente, aún nos creemos
    algunas de las falacias que la propia izquierda ha venido repartiendo
    desde que el Muro fue demolido a trompazos en la noche del 9 al 10 de
    noviembre de 1989. Una de estas mentiras es infantil: todos los
    gobiernos del mundo esperaban la noticia. Mentira: el que era
    entonces embajador de España en aquella dominación
    soviética asegura: “Nosotros, los embajadores occidentales,
    nos reuníamos con frecuencia y sabíamos que por el Muro
    pasaban viejos y viejas con bolsas de comida;
    algunos se quedaban en
    el Oeste, y a éstos no se les ponía el menor
    inconveniente para salir por una de las dos puertas del Muro y ¿saben
    por qué? Porque así el régimen se ahorraba unas
    cuantas pensiones
    ”. La otra, de índole más trapacera,
    es la que intenta celebrar la posición soviética en
    aquellas horas. Se atribuye a Gorbachov la decisión de no
    utilizar las armas para reprimir el alborto. Schevardnadze, el que
    fue su ministro de Exteriores, lo desmiente: “Sí, nos
    planteamos la fuerza, pero cuando quisimos actuar ya era tarde”.

    Como en casi todos los grandes
    acontecimientos históricos, el derribo del Muro de Berlín
    lo fue, existieron casualidades que ayudaron beneficiosamente al
    éxito final.
    Casualidades o improvisaciones. Una de ellas ya
    se ha contado en LA GACETA. El 9 de noviembre de hace 20 años,
    Günter Schawoski, un oscurísimo miembro del Politburó
    de la Alemania Oriental, se vio abocado a ofrecer a los
    corresponsales extranjeros una rueda de prensa. Honecker no quería
    presentarse y, además, nunca se había sometido a
    semejante tortura. Llegado un momento, un periodista italiano,
    armándose de valor, le preguntó: “¿Cuándo
    entrarán en vigor los permisos para salir de la RDA?”. El
    pobre funcionario, más muerto que vivo en estos días,
    dudó y como quien no quiere la cosa, respondió:
    “Inmediatamente”. A continuación, miles de alemanes
    reprimidos durante años volaron hacia el Muro. Y cayó.
    A golpes furiosos.

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