Un joven contribuye a derribar el muro

La izquierda no derribo el muro

10:46 (08-11-2009) | 2

Occidente tampoco reaccionó con dureza ante la construcción.

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Ya en los años setenta, un
clásico entre los corresponsales españoles en Berlín,
Pedro Wender (su verdadera filiación era José Gabriel
de Pablos) me decía a la vera misma de la Puerta de
Brandeburgo: “Aquí, españoles vienen muchos, pocos
muestran interés por lo que pasa al otro lado; sólo una
vez acompañé a uno que, antes de entrar, me habló
de una forma que me dejó estupefacto: ‘Sí, lo del
Muro está mal, pero ahí dentro no hay paro”. El
acompañante de Wender, luego lo supe, era un socialista
español, muy cercano a Rodolfo Llopis, quien todavía
por entonces ostentaba la legitimidad política del PSOE. El
sujeto en cuestión no era un excepción: casualmente, en
la noche de aquel mismo día y cenando en un restaurante
español de Berlín, Mi Burrito, se acercó un
grupo de jóvenes, españoles, claro, que había
reconocido al corresponsal. Tampoco mostraron el menor interés
por lo que ocurría “dentro”, pero repitieron la misma
cantinela: “Los comunistas” —dijo un pollo especialmente
estúpido que luego confesó su militancia en el
socialismo clandestino— “no dan libertad, pero por lo menos dan
pan”. El individuo estaba engullendo una gigantesca tortilla de
patata.

Mucho tiempo después, cuando se
cumplían 10 años de la muerte de Dolores Ibárruri,
La Pasionaria, Santiago Carrillo,
en un panegírico
estremecedor, cantó las virtudes de su camarada y sólo
se permitió una leve censura: “El Muro siempre le provocó
sus recelos, aunque sus sentimientos por la URSS le desaconsejaban
expresarlos públicamente”. O sea, un pecadillo, un pecadillo
que tampoco cometieron, un poco antes, Alfonso Guerra y Felipe
González, cuando en un viaje a Moscú no lanzaron la
menor diatriba contra la falta de libertades,
realmente vejatoria y
clamorosa en cualquier país del Este y más que en
ningún otro lado en la denominada, sarcásticamente,
República Democrática Alemana. Claro está que la
izquierda de la época —como la de ahora, en eso no ha
cambiado nada— dividía las dictaduras en dos clases: buenas
y malas, estas últimas eran naturalmente, las de la derecha,
las otras eran, digámoslo así, disculpables.

Occidente no reaccionó

Pero, en fin, y para decir verdad, el
levantamiento del Muro no suscitó de entrada en Occidente
reacciones muy contrarias, ni siquiera hirientes para aquel régimen
despótico prosoviético
. El adorado Kennedy ni se
levantó de su mecedora para afirmar como de paso: “Es una
solución poco elegante, aunque mil veces mejor que la guerra”.
De esa torpe manifestación se arrepintió muy poco
tiempo después: justamente cuando, apenas un año
después del alzamiento del Berliner Mauer, los tanques
americanos y soviéticos se enzarzaron en una refriega que
estuvo en un tris de convertir la Guerra Fría en guerra
nuclear. Luego, ya se sabe, Kennedy apareció por Berlín,
la capital a la que sólo se llegaba con una línea aérea
norteamericana, y construyó una de sus frases para la
Historia: “Ich bin ein berliner”. No hace falta traducirlo: él
ya fue un berlinés hasta su próxima muerte y los
habitantes de la ciudad dividida se lo reconocieron.
Stern, la
estrella de las revistas germanas, tituló: “Danke, John”.
Sin más palabras.

Tampoco los británicos que
compartían piso berlinés con americanos, franceses y
soviéticos, condenaron en aquel agosto de 1961 el alzamiento
de aquella colosal pared, casi cuatro metros de altura, que iba a
recorrer 45 kilómetros del corazón de Berlín.
El ministro de Exteriores Mac Millan pronunció una de las
sentencias de las que probablemente, aún después de
muerto, se ha arrepentido más. Dijo así: “No se trata
de nada ilegal”. Realmente incomensurable aquel político de
cejas pobladas y de verbo fastuoso. Las potencias occidentales, en
definitiva, no corrieron a condenar la letal iniciativa de los
sicarios de Moscú. Tardaron, por lo menos, 72 horas. Y en
Moscú, en esta ciudad, cuna a la sazón del imperio
soviético, se hizo caso omiso a las reacciones que después,
tímidamente, se fueron produciendo en todo el mundo.

También en este punto hay que
reconocer que el cambio de postura empezó tras una iniciativa
enorme del propio alcalde de Berlín, del socialdemócrata
Brandt. Brandt, había abjurado del marxismo en Bad Godesberg y
había sido un resistente antinazi que terminó en
Noruega para no enrolarse en el Ejército de Hitler. Brandt
reunió en su ciudad, a las puertas misma de la puerta, o sea
de Brandeburgo, a más de 300.000 personas. La radio española,
pagada en Moscú, informó de este jaez sobre la enorme
manifestación: “Una concentración se ha levantado
contra el Muro de Protección Antifascista”. La mención
se puede leer aún en un libro que contiene las perlas
cultivadas con que se movilizaba a la población española
contra Franco. Los comunistas españoles, digan ahora lo que
digan, no estaban, ni mucho menos, contra aquel Mauer espantoso. Los
comunistas, de acuerdo.

Es más, tampoco lo están
ahora. Francisco Frutos, un prosoviético enrabietado que nunca
ha disimulado sus preferencias, ha declarado sin cortarse un pelo:
“No celebraré el aniversario de la caída del Muro”.
Dejando a un lado que aquello no fue una caída, sino un
derrumbamiento feroz, la frase de Frutos, coreada también por
Llamazares
, expresa los sentimientos que estos izquierdistas con
telarañas guardan hacia aquella monstruosidad de cemento que
causó no menos de 250 víctimas
, algunas de las cuales
murieron a tiros de los gigantescos vopos de la Alemania soviética.

Curiosamente, aún nos creemos
algunas de las falacias que la propia izquierda ha venido repartiendo
desde que el Muro fue demolido a trompazos en la noche del 9 al 10 de
noviembre de 1989. Una de estas mentiras es infantil: todos los
gobiernos del mundo esperaban la noticia. Mentira: el que era
entonces embajador de España en aquella dominación
soviética asegura: “Nosotros, los embajadores occidentales,
nos reuníamos con frecuencia y sabíamos que por el Muro
pasaban viejos y viejas con bolsas de comida;
algunos se quedaban en
el Oeste, y a éstos no se les ponía el menor
inconveniente para salir por una de las dos puertas del Muro y ¿saben
por qué? Porque así el régimen se ahorraba unas
cuantas pensiones
”. La otra, de índole más trapacera,
es la que intenta celebrar la posición soviética en
aquellas horas. Se atribuye a Gorbachov la decisión de no
utilizar las armas para reprimir el alborto. Schevardnadze, el que
fue su ministro de Exteriores, lo desmiente: “Sí, nos
planteamos la fuerza, pero cuando quisimos actuar ya era tarde”.

Como en casi todos los grandes
acontecimientos históricos, el derribo del Muro de Berlín
lo fue, existieron casualidades que ayudaron beneficiosamente al
éxito final.
Casualidades o improvisaciones. Una de ellas ya
se ha contado en LA GACETA. El 9 de noviembre de hace 20 años,
Günter Schawoski, un oscurísimo miembro del Politburó
de la Alemania Oriental, se vio abocado a ofrecer a los
corresponsales extranjeros una rueda de prensa. Honecker no quería
presentarse y, además, nunca se había sometido a
semejante tortura. Llegado un momento, un periodista italiano,
armándose de valor, le preguntó: “¿Cuándo
entrarán en vigor los permisos para salir de la RDA?”. El
pobre funcionario, más muerto que vivo en estos días,
dudó y como quien no quiere la cosa, respondió:
“Inmediatamente”. A continuación, miles de alemanes
reprimidos durante años volaron hacia el Muro. Y cayó.
A golpes furiosos.



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