Son muchas y variadas las razones últimas que impulsan a ERC y PSOE a solicitar la retirada de los crucifijos en lugares públicos. Ninguna de ellas tiene, sin embargo, entidad suficiente como para justificar la apertura de un debate tan polémico en medio de una crisis económica y desempleo galopante. Está claro que cuando un gestor muestra su incapacidad para resolver problemas reales tiende a inventarse otros imaginarios con los que disimular su propia incapacidad. "Si no puedes con el paro... dale caña al crucifijo", parecen razonar. Controversiam habemus! Pues ahí voy.
No podemos olvidar que la cruz, como símbolo público, no existiría si no remitiera al más famoso de los crucificados, del que cientos de personas en la Antigüedad atestiguaron su martirio y posterior resurrección. Con el tiempo -no mucho- estos pocos se convirtieron en millones justo en medio de la porción de territorio más culta y militarmente más poderosa del planeta. Lo hicieron sin violencia; más bien, siendo víctimas de ella. La Cruz de Jesús se impuso por su propia fortaleza moral, a través del ejemplo y la palabra de personas concretas, anónimas en su inmensa mayoría, pero también otras célebres por su vastísima cultura y prestigio intelectual (Tertuliano, San Ambrosio, San Agustín...). El mensaje que transmitió aquel Galileo contenía tanto magnetismo interior que sus seguidores terminaron por convertir un objeto de tortura -como si fuera la horca, el garrote vil, la guillotina o la silla eléctrica- en un símbolo de esperanza y de concordia popularmente aceptado.
Repasando este breve periodo histórico, entendemos por qué la Cruz, y sobre todo el Crucificado, posee, sin duda, un poder misterioso. No se puede contemplar sin sentir cómo interpela algo parecido a esto: "¿sabes por qué estoy aquí? ¿sabes qué anuncié hace dos mil años?" Quien se esfuerza por contestar a esa pregunta termina por sentir la necesidad de comprometerse radicalmente con la idea del Bien y del Mal que transmitió Jesús: amar al prójimo, acompañarse de una sola mujer o varón, ser fiel toda la vida, decir siempre la verdad, respetar al que no piensa como tú, morir si es preciso por él, obeceder los mandatos divinos antes que los humanos, creer en la Vida después de la muerte, y actuar en consecuencia... Ese Galileo moribundo e inerme, en su debilidad, conquista voluntades hasta el punto que éstas, libremente, optan por dejar de estar sometidas a otros poderes.
No debe extrañar, por tanto, que dichos poderes se revuelvan y traten de resolver el problema del mismo modo necio con que abordan las cuestiones que más les atañen: negándolas u ocultándolas. Cuando el paro les desborda, hablan de los crucifijos. Pero si es el Crucificado quien habla... lo quitan de las paredes.